jueves, julio 07, 2022

Nos fuimos

Nos fuimos a un lugar mejor, sin servicios ni empresas comedatos.

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Saludos


domingo, julio 07, 2019

Rebeldías oficiales

En una escena clave de la clásica película The Matrix, el Arquitecto le explica a Neo que la ciudad de Sion y toda su vida rebelde son en realidad parte de su plan, un cuidadoso diseño para contener a los descontentos y los insatisfechos, para encarrilar dentro de la Matrix a quienes huyeran de ella.


En Los Libros del Sol Nuevo de Gene Wolfe, Severian se encuentra finalmente con el Autarca, quien le confiesa que él mismo organizó la Rebelión, de la que Severian fue parte en su personalidad pasada de Thecla, para encausar la tendencia a la rebeldía de los ciudadanos de la Mancomunidad hacia una dirección segura.


En La fe de nuestros padres, de Philip K. Dick, (publicado en la antología de Harlan Ellison Visiones peligrosas), el protagonista se encuentra cara a cara con Gengis Mao, un dictador comunista que controla el mundo. Éste se le revela como un ser sobrenatural y todopoderoso, fuente a la vez de todo bien y de todo mal, de todo el orden y de todo el caos.


La omnímoda, corrupta, cruel, pero discreta Instrumentalidad del Hombre, inventada por Cordwainer Smith como la acaparadora del poder en su historia del futuro, tiene una sola regla: sobrevivir. Y para ello viola, contradice y se rebela contra sus propias leyes cada vez que las circunstancias lo hacen necesario.


Pensemos en nuestro mundo real a la luz de esas ficciones ¿Cuántos movimientos rebeldes son diseños del Arquitecto? ¿Cuántas resistencias son solo imaginaciones del Autarca? ¿Cuánto bien y cuánto mal son sólo diferentes caras del mismo Gengis Mao? ¿Cuánto escepticismo contra las instituciones no es sino corrupción de la Instrumentalidad?

Tantas formas de rebeldía antisistema ¿No tendrán acaso un lugar en el Sistema? La izquierda académica posmoderna, el progresismo individualista neoliberal, el feminismo radical y desclasado, el libertarianismo ingenuo… ¿no serán tal vez rebeldías permitidas, para canalizar el descontento intelectual y mantener el foco desviado respecto del verdadero poder en el orden mundial?

Incluso las formas menos intelectuales de rebeldía. El negacionismo anticientífico escéptico del calentamiento global, de las vacunas, de los medicamentos, o de la esfericidad de la Tierra… ¿podrían no ser sino creaciones del mismo poder omnímodo que del sus suscriptores claman descreer?

¿O debemos tal vez pensar que, habiendo escritores y guionistas imaginado una tan buena idea para controlar las rebeldías de sus mundos imaginarios, los poderosos del mundo real hayan decidido no usarla?

(CC BY 2.0, by tomatoes and friends)

viernes, abril 19, 2019

Nuestro futuro, visto desde nuestro pasado

A más de 120 años de su publicación, la novela The time machine (La máquina del tiempo) de Herbert George Wells se revitaliza, con el retorno del liberalismo descontrolado y la sociedad de clases.

(PD)

La novela está publicada en 1895, diez años antes de la teoría de la relatividad de Einstein. Sin embargo, abrevando en ideas que ya eran comunes en esa época, tiene una explicación fascinante del tiempo como cuarta dimensión, que suelo usar en mis charlas divulgativas.

El Viajero a Través del Tiempo (Wells rehuía el poner nombres a sus personajes principales) construye una máquina capaz de viajar hacia el futuro. Si bien se desprende de la lectura que la máquina también viaja hacia el pasado, en la novela se evitan las paradojas.

Viaja miles de años hacia adelante, encontrando una sociedad completamente transformada. El pueblo que se llama a sí mismo Eloi vive en contacto con la naturaleza, sin trabajar, abastecido por máquinas subterráneas. En apariencia una vida idílica.

(Fair use, by Warner Bros.)

Pero los Eloi le temen a la oscuridad, sea la de la noche, o la de las grutas, que son la puerta de entrada a un mundo subterráneo. El Viajero descubre que ese mundo habita otro pueblo, los Morlocks, alejados de la luz del sol y ocupados de operar las máquinas que mantienen el mundo de los Eloi funcionando.

(Fair use, by Warner Bros.)

Lo brillante es lo que se intuye, si bien nunca se dice explícitamente en la novela: que los Morlocks son quienes visten, cuidan y alimentan a los Eloi…

…y que luego se los comen.

~

Wells extrapoló la sociedad victoriana en la que vivía, y a la que cada día se parece más nuestro presente neoliberal. Concluyó que la consecuencia natural de la sociedad de clases, era la evolución de una raza ociosa, mantenida por otra raza trabajadora.

La raza ociosa iría perdiendo naturalmente la capacidad de gestionar su propia vida, como pasa con el ganado. La raza trabajadora en cambio, enfrentada a la rudeza del mundo, mantendría sus habilidades y terminaría haciendo con el ganado… pues bueno, lo que se hace con él.

Es una crítica social brillante ¿Querés que tus hijos sean ricos para que no tengan que trabajar y puedan vivir del trabajo de otros? ¿Estás seguro de que eso es bueno para tus descendientes? ¿hace bien un futuro de terciopelo, si para tenerlo hay que explotar a los demás?

Si bien no es completamente fiel a la novela, la película de 1960 es muy recomendable. En especial ese adorable retrofuturismo victoriano, muy de steam punk, con esa increíble charla sobre la cuarta dimensión en la mesa del té.


La novela es excelente en dejar traslucir detalles del relato sin expresarlos directamente. Además, tanto lo que tiene que ver con la especulación científica como su parte de crítica social, son bellísimas. Quien no la haya leído ¿qué cuernos hace perdiendo el tiempo aquí?

viernes, marzo 22, 2019

La perra vida


Vi la pelicula A boy and his dog basada en una historia de Harlan Ellison, No leí la historia original, pero la película es de culto, la recomiendo. Un escenario postapocalíptico, un adolescente y un perro.


Fair use

Motivado por esa película, empecé a recordar libros donde los protagonistas son perros.
Tal vez las mejores historias de perros son las de Jack London. No se debería extender certificado de primaria a quien no las haya leido.


(PD )

La mejor es El llamado de la selva, la historia de Buck, robado para esclavizarlo tirando trineos en la Alaska de la fiebre del oro. La maldad, el egoísmo y la estupidez de la especie humana hace que Buck retorne al pasado salvaje de su especie. Hermosa novela, inolvidable.

Otro excelente libro de London es Colmillo blanco. Un perro mestizo, medio lobo, hace el camino inverso acercándose al mundo humano. Colmillo Blanco y El llamado de la selva pueden verse como historias complementarias, dos visiones caninas opuestas de la humanidad.

London escribió también Jerry de las islas del que no recuerdo mucho, salvo que era una aventura en el Pacífico de un perro chiquito. Había una secuela mucho más oscura, donde el protagonista humano contraía lepra y el canino perdía la alegría a causa del sufrimiento vivido.

Hay además otra historia excelente de Jack London titulada Diablo. Es un cuento corto sobre un perro y un hombre que se odian mutuamente.

Las historias de London tienen siempre la perspectiva simple del perro, no como un personaje humanizado y artificial, sino uno realista. Los perros de London sienten (esto es: sufren, aman, y odian), pero no racionalizan, incluso si son inteligentes no analizan sus sentimientos. Son perros.

Otra novela con protagonista canino es la excelente Sirio de Olaf Stapledon. Sirio es un perro con inteligencia aumentada artificialmente.


(Fair use )

Sirio tiene entendimiento humano, pero óptica canina. A medio camino entre dos mundos, ama a su dueña humana pero se siente ajeno. Sirio es una novela sobre la visión canina de la especie humana, pero también sobre el aislamiento y la soledad del diferente.

La ciencia ficción también habló de perros en la bellísima Ciudad de Clifford D. Simak.


(Fair use )

Su prologo dice:
Éstas son las historias que cuentan los perros, cuando las llamas arden vivamente y el viento sopla del norte. Entonces la familia se agrupa junto al hogar, y los cachorros escuchan en silencio, y cuando el cuento ha acabado hacen muchas preguntas.
-¿Qué es un hombre?
-¿Qué es una ciudad?
-¿Qué es una guerra?
La humanidad se extinguió de un modo singular, eligiendo dejar de ser humanos. Y los perros nos recuerdan con leyendas que nos narran. Ciudad es una obra hermosa, característica del estilo “campesino” de las historias de Simak. Muy recomendable.

El cuento Rug de Phillip K. Dick también es una historia de protagonistas caninos. Bien dickiana, por cierto…


(Fair use )

La Tierra es invadida por extraterrestres, que solo los perros perciben. No los dejan acercarse a nosotros, los ahuyentan a ladridos. Mientras vivimos nuestra vida y los retamos por ladrarle al basurero, ellos están salvando al mundo. Hermosa historia.

Los perros son los simbiontes del hombre, nuestra especie hermana. A pesar de que en el mundo de hoy es fácil olvidarlo, les debemos nuestra supervivencia durante eras pasadas y nuestra expansión y conquista del planeta. Lo que nuestra literatura tiene para decir de ellos habla en realidad de nosotros.

viernes, agosto 24, 2018

Puertas

Estoy pensando en releer Puertas (There are doors), una novela corta de Gene Wolfe. Quiero saber por qué la disfruté tanto.


La novela está contada casi en su totalidad desde la perspectiva subjetiva de su protagonista, que busca a una mujer de la que se se enamoró. La conoció una noche, se gustaron, tuvieron sexo. La mina le dice cosas raras, pero a él no le importa nada salvo hacerle el amor. Luego ella se va, dejándole una nota misteriosa...

Buscándola, el protagonista la sigue hasta un mundo paralelo, al que llega atravesando las sutiles puertas del título.

En ese mundo no hay hombres viejos, porque todos mueren luego de tener sexo por única vez. Todo es raro, diferente. Es un mundo de mujeres y de hombres célibes, con una biología distinta que lo ordena de un modo distinto. El ideal femenino es el eje de esa sociedad. Además del héroe, hay otros pasajeros de nuestro mundo, perdidos, que llegaron por alguna puerta y que buscan otra, para escapar.

El protagonista se interna en ese mundo alieno con la actitud de aceptación de lo extraño que tenemos cuando soñamos. Durante todo su periplo, el tipo solo piensa en encontrar a la mujer con la que pasó esa noche. Todo lo que pasa le resulta secundario, y pospone cualquier explicación. El relato es onírico, pero no porque transcurra en sueños, sino en una intoxicación de deseo.

Tal vez ese sea el tema de toda la novela: el deseo masculino, ese narcótico que hace que no nos importe nada en el camino hacia una mujer.

Gran novela Puertas. La recomiendo.

sábado, agosto 18, 2018

¿Vivimos una distopía?

Yo creo que la realidad mundial tiene muchos ingredientes de las distopías clásicas. Pero que, al estar mezclados entre sí y no responder a ninguno de los estereotipos, nos confundimos y nos creemos a salvo...

Ordenémoslos un poco.

Las distopías clásicas

La palabra distopía se construye por oposición a la palabra Utopía, título de una obra de Tomás Moro, donde representaba un no-lugar en el cual se maximizaban los valores positivos. Así, distopía refiere a una sociedad que realiza un orden no deseable, y que maximiza algún aspecto negativo de la vida, para algunos o para todos sus ciudadanos.
Las distopías clásicas son las tres grandes obras de ciencia-ficción
  • 1984 de George Orwell
  • Fahrenheit 451 de Ray Bradbury
  • Brave new world de Aldous Huxley
A las cuales yo agregaría una más
  • The space merchants de Frederik Pohl y Cyril Kornbluth
Rodeados como estamos de propaganda, autocomplacencia y negación, podemos creer que el mundo actual se parece más a la una utopía que a una distopía. Y sin embargo, tal vez deberíamos analizarlo un poco más:

¿Cuánto se parece el mundo de hoy a estas historias?

La realidad y las ficciones

  • En 1984 la distopía es autoritaria. 


    Los ciudadanos pierden el control sobre todos los aspectos de su vida, y son puestos al servicio de la maquinaria estatal en manos de una élite autoritaria. La propaganda del régimen es abrumadora, omnipresente, aplastante.  

    La realidad presente comparte muchos aspectos de 1984. Si bien la represión abunda en ciertos estratos sociales, y la vigilancia y la intimidación son cada día más preocupantes, el punto clave es la posverdad: "Oceanía nunca estuvo en guerra con Eurasia" podría ser un titular en cualquier matutino un domingo cualquiera. 


  • Fahrenheit 451 es la temperatura a la que se quema el papel, y arde.

    Esta es una distopía por distracción. Los ciudadanos comprenden limitadamente la realidad, porque están privados de información, distraídos por la televisión, y se les niegan los recursos cognitivos necesarios. 

    Los libros están prohibidos, porque estimulan el sentido crítico. Los camiones de bomberos cargan querosene para quemarlos donde sea que se los encuentre. Los dueños del poder inician guerras y persiguen opositores, mientras los ciudadanos no se enteran, y se entretienen mirando programas de TV vacíos durante las 24 horas. 

    La vida que hoy vivimos tiene mucho de Fahrenheit 451. La televisión estupidizante llena la vida de los ciudadanos. El culto y la promoción de la ignorancia son la norma. Los libros no se queman, pero la escuela hace un buen trabajo generando fobia hacia ellos.

  • Brave new world (o Un mundo feliz en castellano) es la distopía de diseño. 


    Los ciudadanos son criados artificialmente, preparados desde embriones para aceptar su rol social y ser felices en él. Se idiotiza a quienes serán operarios manuales, se condiciona a quienes harán tareas mas complejas. La repetición de consignas durante toda la vida lava completamente el cerebro de aquéllos a quienes se les permitió nacer con uno. 

    Todos afirman ser felices, pero sólo porque fueron formateados desde la concepción para creerlo así. No hay libertad, pero no es un problema porque ¡nadie la desea!. 

    El mundo de hoy tiene dos aspectos en los que innegablemente refiere a Brave new world: las condiciones de gestación de las clases bajas, hacen que la inteligencia de los futuros operarios se vea disminuida. La repetición de consignas las 24 horas por todos los medios crea verdades, y redefine la felicidad.

  • The space merchants (o Mercaderes del espacio en español) es la distopía liberal. 


    El mundo se hunde en un capitalismo extremo e irracional. Las clases sociales se dividen en productores, ejecutivos y consumidores. Una minoría de productores y ejecutivos viven en la abundancia, mientras la vida de los consumidores transcurre en la pobreza total y absoluta. 

    La ecología se desmorona. Mientras los ricos pedalean en su Mercedes-Benz, los pobres alquilan por horas una cama compartida, o incluso un escalón en las escaleras de un rascacielos, para poder descansar. Los dueños de las grandes empresas controlan el mundo, y dejan al presidente de una nación sentado en una sala de espera sin ser atendido. 

    El mundo actual es casi literalmente The space merchants. Uno diría que llegar a los aspectos más siniestros de esa distopía es, en el camino actual, casi meramente una cuestión de tiempo...

Entonces...

Leamos las distopías, y hagámoslo con sentido crítico. Si creemos que tenemos suerte de no vivir en un mundo así, o que aún no hemos llegado a eso... detengámosnos un poco más a analizarlas. Puede que se parezcan más a la realidad de hoy de lo que nos gustaría aceptar...

miércoles, agosto 15, 2018

Ender y la jerarquía de la exclusión

Post de literatura, total no me lee nadie...

¿Leyeron El juego de Ender, de Orson Scott Card? Es el primer libro de una saga con altibajos, de un autor que cómo personaje público es controversial. Y sin embargo tiene un montón de ideas interesantes.

 

Ender (¿supongo que una traducción sería Finalizador o tal vez Exterminador?) es un niño pequeño, que vive en la Tierra en un futuro relativamente cercano.

Ender es educado en un programa gubernamental para superdotados, cuyo objetivo es entrenar desde la más tierna infancia a los más inteligentes, para que sean estrategas y comandantes militares.

La humanidad está en guerra contra una especie alienígena, y la está perdiendo. Necesita estrategas excepcionales que puedan entender como planifica una batalla una mente extraña, y anticiparse a sus movimientos.

Para eso educan a Ender y a otros niños


El programa de educación es duro, y Ender sufre bullying por parte de los chicos mayores, porque es pequeño y débil. Él evita las peleas y sólo se defiende cuando sabe que puede ganar. Pero entonces sus contrataques son definitivos: cada vez que gana una batalla, se asegura de que el mismo enemigo no volverá a agredirlo jamás.

Por eso es seleccionado para comandar la guerra.
Ender estudia a los enemigos insectores para saber cómo piensan y estar así en condiciones de destruirlos. Pero una vez que los entiende, ya no quiere hacerlo. Cuando te ponés completamente en el lugar del otro, hasta comprender sus motivaciones más profundas, ya no podés odiarlo.

 

De una manera que no voy a contar para no arruinar la lectura, la guerra se gana y el enemigo es exterminado. Ender se siente profundamente culpable, porque entiende las razones de su enemigo, y dedica el resto de su vida a reparar su crimen.


Cambia de nombre, y se transforma en la voz de los muertos que interpela a la humaniad en nombre de la Reina Colmena y su especie insectora exterminada. Echa sobre su propia memoria un manto de ignominia, haciendose recordar como Ender el xenocida. Y desarrolla una jerarquía de exclusión para analizar la relación de la humanidad con otras especies inteligentes.

Tal jerarquía es interesante, incluso para usarla ahora y en la Tierra, y ayuda a entender a qué consideramos el otro.

  • Utlanning es el forastero, a quien si bien no conocemos, podemos identificar fácilmente como humano y como miembro de nuestro propio grupo.
    Uno de los nuestros.
  • Främling es el extranjero, de quien vemos que es como nosotros, pero participa de una cultura ajena que no compartimos.
    Como nosotros, pero no de los nuestros
  • Ramen es el ajeno. Es claramente diferente a nosotros, es miembro de otra especie, pero podemos comprenderlo. El enemigo insector que Ender destruyó era ramen.
    Otro pero comprensible
  • Varelse es el alieno. Es diferente a nosotros, al punto de ser incomprensible, extraño, aterrorizante.
    Otro incomprensible

Buena parte de la saga se centra en el debate sobre los derechos. ¿En qué nivel de esa jerarquía está el límite entre lo que es una persona en un sentido moral y lo que no lo es? ¿En qué escalón está la frontera entre quien es digno de derechos y quien no?

  • Podés reconocerle derechos a un ramen, porque él puede hacer lo propio con vos.
  • Pero si le das derechos a un varelse, solo podés perder, porque nunca habrá reciprocidad.

Y el problema se complica al notar que esa clasificación no es absoluta. El enemigo que Ender exterminó era varelse. Atacó sin provocación y mató a miles. Pero cuando Ender lo comprendió lo vio como ramen. Su mente colmenar no sabía que estaba haciendo daño al matar humanos particulares.

 

Si les gusta la buena ciencia ficción, lean El juego de Ender. Hay una película también, bastante respetuosa de las ideas centrales. El resto de la saga también es recomendable, si bien varía mucho los temas, el tono y hasta la forma de narrar.

 

martes, mayo 06, 2014

Edad, de Ernesto Sabato, en Uno y el Universo

¿Qué se puede hacer en ochenta años? Probablemente, empezar a darse cuenta de cómo habría que vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena. 

Un programa honesto requiere ochocientos años. Los primeros cien serían dedicados a los juegos propios de la edad, dirigidos por ayos de quinientos años; a los cuatrocientos años, terminada la educación superior, se podría hacer algo de provecho; el casamiento no debería hacerse antes de los quinientos; los últimos cien años de vida podrían dedicarse a la sabiduría. 

Y al cabo de los ochocientos años quizá se empezase a saber cómo habría que vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena. 

Un programa honesto requiere ocho mil años.

Etcétera.

martes, febrero 12, 2013

Una superchería para nuestro siglo, por Aldous Huxley


(Leyendo este interesantísimo libro, me topé con este texto de Aldous Huxley sobre el psicoanálisis. Delicioso)

La frenología, la fisiognomía y el magnetismo nos parecen hoy en día ciencias bastante cómicas y extrañas. Hemos perdido nuestra fe en la protuberancia de las protuberancias; y para dar una explicación a los fenómenos del hipnotismo y de la sugestión, ya no tenemos necesidad de recurrir a la caricatura de la teoría del magnetismo. Sin embargo, hace un siglo, la gente que aportaba a la ciencia lo que se denomina – sin ironía alguna – un interés esclarecido eran en su mayor parte fervientes admiradores de Lavater, de Gall y de Mesmer. Balzac, por ejemplo, creía muy sinceramente en sus doctrinas, y su Comedia humana rebosa de presentaciones pseudo-científicas de la teoría de las protuberancias y fosas craneales y de otros fluidos magnéticos. 

Al releerlas ahora uno se sorprende – una sonrisa condescendiente en los labios – de que un hombre tan sensato como Balzac, por no decir un hombre de genio, haya podido creer tan inverosímiles tonterías, y más extravagante aun, pensar que hayan podido tener alguna relación con la ciencia. En nuestro siglo tan esclarecido, este tipo de cosas no podrían suceder, no decimos con suficiencia.

Pero, lamentablemente, sí, es posible. Algunas vagas mentes diletantes y bien pensantes, que en 1925 se veían como seres particularmente esclarecidos sobre cuestiones científicas, descubrieron con la más gran delectación una cosa casi tan estúpida, fácil e inexacta, una cosa casi tan divertida, excitante e irresistiblemente “filosófica” como las teorías de Gall o de Mesmer. La frenología y el magnetismo se unieron a la magia negra, la alquimia y la astrología. Pero no hay ninguna necesidad de lamentar su pérdida; los fantasmas de nuestros antepasados no tienen ninguna razón para compadecerse de nosotros. En realidad, casi podrían envidiarnos. Ya que hemos puesto la mano sobre una cosa más divertida que la frenología. Hemos inventado el psicoanálisis.

Dentro de cincuenta años, ¿adivinan cual será la pseudos-ciencia preferida del novelista, de la mujer mundana y del investigador cándido pero sin suficiente rigor científico para proseguir después del primer “eureka”? Será algo, podemos estar seguro, que, un siglo más tarde, parecerá tan grotesco como nos parece hoy en día la frenología y como parecerá el psicoanálisis a su vez a la próxima generación. La mente a la que atraen las pseudos-ciencias es del género intemporal. Todos los seres pensantes quieren conocer los secretos del universo; pero se lanzan por caminos diferentes en su búsqueda de la verdad. El hombre de ciencia se apoya en la experiencia, la prueba pasada por la criba y una lógica rigurosa. El individuo no científico, que sin embargo aspira a serlo (ya que es más abiertamente místico de lo que desearía), prefiere métodos menos arduos. Las gentes de este tipo son en general incapaces de razonar con precisión; no tienen más que una vaga concepción de lo que constituye una prueba. Creen que existen atajos hacia lo absoluto, escaleras de servicio que suben a los pisos de la certeza y planes del estilo “ganar pronto y mucho” para adquirir la verdad. Al no comprender las ciencias más arduas y su métodos laboriosos, se dedican al estudio de lo que les parece una verdadera ciencia – una pseudo-ciencia.

De la magia al magnetismo pasando por la astrología y hasta el psicoanálisis, el objeto de todas las pseudo-ciencias ha sido siempre el Hombre – y el Hombre en su naturaleza moral, el Hombre en tanto que ser que sufre y disfruta. La razón no es difícil de encontrar. El Hombre, que es el centro, por no decir el creador de nuestro universo, sigue siendo el más espectacular y apasionante de los temas de estudio. Quien más, quien menos, conocemos todos al Hombre o, al menos, lo pensamos; ninguna necesidad de formación previa para aplicarse a su estudio. Una ciencia del Hombre se presenta como el atajo más rápido hacia el saber absoluto – tal es pues la invariable materia de las pseudo-ciencias.

Los métodos de todas estas “ciencias” desprenden un mismo aire de familia: utilización de argumentos basados en la analogía en lugar de razonamientos lógicos, aprobación de todo tipo de evidencias útiles sin verificación experimental, elaboración de hipótesis consideradas en seguida como hechos, deducción de leyes a partir de un único caso mal observado, transformación de connotaciones de determinados términos cuando mejor conviene y apropiación espontánea del sofisma post hoc ergo propter hoc (después de esto luego a causa de esto). Así actúan las mentes no científicas que buscan la verdad para montar el extraño y formidable edificio de sus doctrinas.

Algunas de estas pseudos-ciencias han disfrutado en el pasado, incluso durante milenios, de una gran popularidad. Pero el desarrollo de ciencias auténticas, la generalización de la educación y el acceso al conocimiento han acelerado recientemente de forma considerable el proceso de su nacimiento y declive. La astrología y la magia perduraron durante decenas de siglos en las antiguas naciones civilizadas, pero el magnetismo no duró más que una generación antes de desaparecer. La frenología no vivió mucho más tiempo, y, de todas las prometedoras estrellas pseudo-científicas del siglo XX, los Caballos sabios de Elberfeldt no consiguieron salir en la prensa más que dos o tres años; los sublimes rayos N de Nancy no ondularon demasiado tiempo hacia la nada después de un estallido popular que, aunque intenso, fue de breve duración. El psicoanálisis ha durado y, podemos estar seguros, va a durar mucho más tiempo por la simple razón de que su carácter erróneo no puede ser probado de forma concluyente por un único experimento, como sucedió con los rayos N. Sin embargo, como todas las otras grandes pseudo-ciencias del pasado, la seguridad del absurdo aparecerá y crecerá poco a poco en la mente de sus adeptos, hasta que al fin incluso aquellos lucen una mirada inteligente con respecto a la ciencia lo consideren demasiado manifiestamente absurdo como para ser creído. De aquí a entonces, algún nuevo genio anti-científico habrá hecho su aparición con una nueva pseudo-ciencia, y los ex-fanáticos de Freud no estarán de duelo. 

La pseudo-ciencia que es el psicoanálisis es uno de los más bellos especímenes del género jamás concebido por la mente humana. Su prodigiosa popularidad, que alcanza a todas las clases, salvo a la de los científicos, da suficiente testimonio de ello. Y, cuando se profundiza en él, se descubre que en efecto posee todas las cualidades que una pseudo-ciencia debe idealmente tener. Para empezar, trata del Hombre en su naturaleza moral. A continuación, a sus estudiantes no se les exige ninguna formación particular o inteligencia relevante. Ningún doloroso esfuerzo intelectual a aportar para seguir sus argumentos; los cuales, por otra parte, sólo se presentan en pequeño número en el sentido estricto del término. Cualquiera es capaz de aceptar declaraciones infundadas como  hechos, cualquiera siente una afinidad particular con lo simbólico y una atracción por retorcer la lógica que representa la deducción analógica puede estudiar el psicoanálisis. Pero esta ciencia tiene muchos otros atractivos, y más positivos aun. A los depresivos, les propone curas (que rellena sus promesas es un tema del que tendremos que ocuparnos más tarde); es, como siempre ha sido, una medicina patentada para las clases distinguidas. A aquellos que quieren conocer los atractivos misterios del sexo – y, después de todo, ¿quien no quiere conocerlos? – ofrece todo un lote de anécdotas y de teorías de lo más fascinantes. Si solamente pudiera incorporar un método para predecir el futuro o incluso una receta milagrosa para ganar millones sin trabajar, el psicoanálisis se convertiría en una pseudo-ciencia tan completa como lo fueron la astrología, la magia o la alquimia. Pero quizás con el tiempo puedan conseguirse esas mejorías de la teoría; los psicoanalistas son tipos desenvueltos y con mucha inventiva. Por el momento, incluso tomándolo como es, sigue siendo incomparablemente superior al magnetismo, a la frenología y a los rayos N, e inferior solamente a las creaciones más grandiosas del espíritu anticientífico.

Mi profunda incredulidad con respecto al psicoanálisis nació hace ahora varios años con la lectura de la teoría freudiana de la interpretación de los sueños. Fue el mecanismo de lo simbólico, a través del cual el analista transforma los datos evidentes para convertirlos en el contenido de un sueño oculto, lo que quebrantó la poca fe que le hubiera podido conceder al sistema. Me pareció, mientras recorría esas listas de símbolos y esas obscenas interpretaciones alegóricas de sueños por lo demás simples, que ya conocía este tipo de proceder de antemano. Me acuerdo por ejemplo de esa interpretación pasada de moda del Cantar de los cantares; los encantadores bestiarios de los que nuestros antepasados de la Edad Media se servían para aprender las grandes lecciones de ética contenidas en la historia natural me vienen a la memoria. Siempre he dudado de que el leopardo sea verdaderamente un símbolo viviente de Cristo (o, como afirman otros bestiarios, del Diablo). E, incluso en mi primera infancia, nunca estuve demasiado convencido de que la tierna señorita del Cantar de los cantaresencarnara poéticamente a la Iglesia y su amante, al Salvador. ¿Por qué debería aceptar como válido el simbolismo del doctor Freud? No hay más razones para creer que subir unas escaleras o volar en el cielo sean sueños equivalentes al coito que para creer que la chica del Cantar de los cantares representa a la Iglesia de Cristo. Por una parte, nos encontramos con la afirmación de algún piadoso teólogo de que una canción de amor aparentemente escandalosa es de hecho, si aceptamos interpretarla en el sentido correcto, la expresión de una inocente y efectivamente loable aspiración hacia Dios. Por otro, tenemos a un médico sosteniendo que una inocente acción hecha en un sueño es, cuando se la interpreta de la forma adecuada, el símbolo del acto sexual. Ninguna de estas dos explicaciones aporta la menor prueba; cada una por el contrario nos abandona en manos de una afirmación tan plana como infundada. En todos los casos, sólo los que tienen la voluntad de creer son los que tienen necesidad de creer, y no hay ninguna prueba que permita obtener el asentimiento del escéptico. Que una cosa tan fantasiosa como esta teoría de la interpretación por el sesgo de los símbolos (que están prestos a significarlo absolutamente todo según el humor del analista) haya podido un día ser considerada como poseedora de siquiera una onza de valor científico, es verdaderamente increíble. Observaremos de paso que mientras todos los psicoanalistas están de acuerdo en decir que los sueños tienen la más alta importancia difieren profundamente en sus métodos de interpretación. Freud descubre deseos sexuales reprimidos en todos los sueños; Rivers ve la resolución de un conflicto mental; Adler, la voluntad de poder; y Jung, un poco de todo mezclado. Los psicoanalistas dan la impresión de vivir en el maravilloso universo trascendental de los filósofos, en el que todo el mundo tiene razón, donde todo es verdad, donde toda contradicción se tranquiliza. Pueden permitirse perfectamente dejar caer una sonrisa de piedad sobre los que practican otras ciencias, que chapotean en el universo fangoso en el que sólo una de las dos posibilidades de una contradicción puede ser tenida por verdadera en un momento dado.

Fue la interpretación simbólica de los sueños la que quebrantó en primer lugar mi fe en el psicoanálisis. Pero una crítica sistemática de la teoría debería empezar por poner en cuestión sus doctrinas aun más fundamentales. Está la hipótesis, por ejemplo, que quiere que los sueños sean siempre profundamente significativos. Eso es para los psicoanalistas un hecho admitido, aunque sea, es lo menos que puede decirse, igualmente probable que los sueños no tengan prácticamente ninguna significación y no sean nada más que vagas e incoherentes series de asociaciones de ideas desencadenadas por estímulos físicos internos (como la digestión), o externos (como el sonido de una campana o el ruido de una carreta).

La hipótesis psicoanalítica según la cual los sueños tienen el más alto valor significativo se hizo de hecho necesaria por esa otra hipótesis aun más fundamental que es la existencia del inconsciente freudiano. Leer una descripción del inconsciente hecha por el psicoanalista, es leer un cuento de hadas. Todo es terriblemente excitante y dramático. El inconsciente, no explican, es una especie de antro o de infierno a donde son enviados todos los malos pensamientos y los deseos villanos que entran en conflicto con nuestros deberes sociales del mundo exterior. En la puerta de esta guarida, un ser misterioso, al que se llama censor monta guardia para asegurarse de que no se escapen. La vida es muy activa en el mundo subterráneo de la mente: los viles deseos hormiguean en el antro del inconsciente intentan escaparse sin cesar, y el censor debe impedirles alcanzar la conciencia. Las dos partes recurren a las estratagemas más extraordinarias y más ingeniosas: los malos pensamientos se disfrazan, toman el aspecto de vírgenes asustadizas y surgen como inofensivos pensamientos; eso es lo que sucede en los sueños. De ahí el significado de los sueños y la necesidad de interpretarlos simbólicamente, con el fin de alcanzar su sentido oculto, es decir descubrir cual es el mal pensamiento que se oculta bajo sus disfraces. En ocasiones, cuando los malos pensamientos son demasiado fuertes son demasiado fuertes para el censor y llegan sin ninguna dificultad a hacerse un camino hacia la salida, es el propio censor el que les proporciona sus bonitos vestiditos, y les empuja a llevar una máscara para no dar demasiado miedo a la mente consciente con sus aspectos espantosos. Los pensamientos reprimidos y el censor dan prueba de una increíble ingeniosidad en la invención de estratagemas. Da la impresión de que son mucho más malignos que la pobre y estúpida mente consciente, que, a menos que sea la de un sicoanalista sería incapaz de imaginar fintas y combinaciones tan ingeniosas. La autenticidad de este apasionante mito antropomórfico es asumida alegremente por todos los psicoanalistas que se aplican a basar en el sus argumentos, como si se tratara de un hecho científicamente probado.

El examen de todos los demás grandes “hechos” del psicoanálisis demuestra que no son más que simples hipótesis que derivan exactamente de los mismos procedimientos. Está por ejemplo la hipótesis de la existencia de un complejo de Edipo universal. Está la hipótesis de que los niños pequeños experimentan sensaciones y deseos sexuales. Los bebés de teta, nos explica Freud, conocen un verdadero placer sexual; y, para probarlo, nos pide que observemos sus caras que manifiestan, cuando maman, esa expresión perfectamente beata que, en la vida adulta, no parece más que tras la culminación del acto sexual. He aquí una prueba particularmente científica. Podríamos igualmente decir que la expresión de profunda sabiduría y contemplación extática que vemos a menudo en las caras de los bebés reposando dulcemente en sus cunas es la prueba manifiesta de que son grandes filósofos, absortos en reflexiones sobre el libre albedrío, la predestinación y la teoría del conocimiento. Está además, la hipótesis de que la mayor parte de los seres humanos son, de una u otra forma, a la vez homosexuales y heterosexuales. Está la hipótesis que sostiene que un gran número de niños conocen el erotismo anal. Y así sucesivamente. Ni una sola prueba para respaldar esa hipótesis – pero todas son consideradas como hechos. 

Los psicoanalistas defienden su teoría poniendo por delante los éxitos de sus terapias. Dicen que la gente se cura por el psicoanálisis; por consiguiente la teoría del psicoanálisis es exacta. Este argumento sería sin duda más convincente de lo que es, si simplemente pudiera ser probarse: primero, que hay gente que ha sido curada por el psicoanálisis después de que fallara todo otro método; y segundo, que han sido curados por el psicoanálisis y no por la sugestión que obra de una forma u otra en el curso del ritual psicoanalítico. En su excelente libro, Psychoanalysis Analysed, el doctor McBride relata casos de fobias, que supuestamente son particularmente receptivos al tratamientos por métodos psicoanalíticos, que sin embargo fueron curados por el simple procedimiento del razonamiento con el paciente sobre sus propios miedos. La posibilidad de que las curaciones por el psicoanálisis sean realmente causadas por la sugestión debe ser seriamente considerada. Por supuesto, los psicoanalistas repudian con indignación esta noción y declaran a coro que la sugestión es absolutamente extraña a sus procederes y que no la practican por supuesto nunca. La publicación de sus relatos de casos muestra con bastante claridad que la sugestión es, evidentemente, empleada, sea de forma intencionada o no. El relato – particularmente conocido y absolutamente indignante – del “Pequeño Hans”, es un buen ejemplo, en tanto que Freud, en su informe, anticipa la acusación de que el niño pueda haber sido influenciado por la sugestión admitiendo un amor incestuoso por su madre y el deseo de matar a su padre. ¿Cómo el psicoanalista consiguió vencer las pretendidas “resistencias” de su paciente sin recurrir a la sugestión? Si los paciente depresivos son en efecto curados con la ayuda de métodos psicoanalíticos, es porque van a ver a su analista teniendo confianza en sus poderes; aceptan su afirmación según la cual sufren de un complejo reprimido y que curarán cuando éste sea expuesto a la luz de la conciencia. Se ponen en manos de su sanador. Con el tiempo, el psicoanalista sacará un soberbio complejo de su chistera, fechado en su primera infancia. “He aquí al culpable. Lo hemos arrancado de su guarida. Está usted curado”. Y el depresivo está curado. Pero la curación probablemente se hubiera efectuado de una forma mucho más expeditiva si se hubiera empleado directamente la sugestión y el hipnotismo desde el principio. Y, de la misma manera, si se hubieran empleado otros métodos, el paciente no hubiera abandonado lugares como lo ha hecho, con la cabeza llena de cuentos fantásticos, peligrosos – para cualquiera que tenga una tendencia a la depresión – y francamente descorazonadores, que constituyen la teoría psicoanalítica.

lunes, abril 02, 2012

En Uno y el Universo, de Ernesto Sabato

Ya había posteado esto hace unos años, pero por alguna razón el post no aparece, así que vamos de nuevo:

"Existe una opinión generalizada según la cual la matemática es la ciencia más difícil cuando en realidad es la más simple de todas. La causa de esta paradoja reside en el hecho de que, precisamente por su simplicidad, los razonamientos matemáticos equivocados quedan a la vista. En una compleja cuestión de política o arte, hay tantos factores en juego y tantos desconocidos e inaparentes, que es muy difícil distinguir lo verdadero de lo falso. El resultado es que cualquier tonto se cree en condiciones de discutir sobre política y arte -y en verdad lo hace- mientras que mira la matemática desde una respetuosa distancia."

domingo, febrero 19, 2012

Prólogo a Ciudad, de Clifford D. Simak

En memoria de Scootie,
Que fue Nathaniel

Éstas son las historias que cuentan los perros, cuando las llamas arden vivamente y el viento sopla del norte. Entonces la familia se agrupa junto al hogar, y los cachorros escuchan en silencio, y cuando el cuento ha acabado hacen muchas preguntas.

- ¡Qué es un hombre!
-¿Qué es una ciudad?
- ¡Qué es una guerra!

No hay respuesta exacta para esas preguntas Hay suposiciones y teorías y conjeturas, pero no hay respuestas.

En esos grupos familiares más de un narrador ha tenido que explicar que sólo se trata de un cuento, que no existen cosas tales como una ciudad o un hombre, que en los cuentos, que no pretenden más que entretener, no hay que buscar una verdad.


Explicaciones semejantes, que pueden servir para los cachorros, no son explicaciones. Aun en unos cuentos tan simples hay que buscar la verdad.

La leyenda, que consta de ocho cuentos, ha sido narrada durante siglos y siglos. Hasta donde puede saberse, no tuvo un comienzo definido, y el más minucioso de los estudios no podría explicar su desarrollo. Es indudable que en el curso de muchas narraciones la leyenda ha ido estilizándose, pero no hay modo de estudiar el proceso de esa estilización.

Que es antigua, y, como sostienen algunos escritores, quizás en parte de origen no perruno, se deduce de las abundantes incongruencias que salpican los cuentos; palabras y frases (y peor que todo, ideas) que no tienen actualmente ningún significado, y que quizá no lo han tenido nunca. A través de repetidas narraciones, estas palabras y frases han sido al fin aceptadas y, por el sentido del contexto, se les ha asignado un cierto valor arbitrario. Pero no es posible saber si estos valores se aproximan o no al sentido original 

Esta edición no intentará inmiscuirse en las discusiones técnicas sobre la existencia o no existencia del hombre, o el problema de la ciudad, o las varias teorías acerca de la guerra, o las otras muchas cuestiones que asaltan a quien busca en la leyenda un fundamento histórico u objetivo. 

(sigue acá)

martes, diciembre 27, 2011

"Un visionario entre charlatanes"

...decía con razón Stanislav Lem de Philip K. Dick (link).

Vaya de este último un cuento atípico pero genial (link).

martes, noviembre 08, 2011

Carta a un Fénix, de Fredric Brown

Hay mucho que contarles, tanto que es difícil saber por dónde empezar. Afortunadamente, he olvidado la mayor parte de las cosas que me han sucedido. Afortunadamente, la mente tiene una capacidad limitada para recordar. Sería horrible si recordara los detalles de ciento ochenta mil años, los detalles de las cuatro mil vidas enteras que he vivido desde la primera guerra atómica.

Sin embargo no he olvidado los momentos realmente importantes. Recuerdo que formé parte de la primera expedición que aterrizó en Marte y de la tercera que aterrizó en Venus. Recuerdo - creo que fue durante la tercera gran guerra - la explosión de Skora en el cielo debida a una fuerza tan superior a la fisión nuclear como una nova a nuestro sol moribundo. Yo era el segundo al mando en una astronave Clase Hiper-A durante la guerra contra los segundos invasores extragalácticos, los que establecieron bases en las lunas de Júpiter sin que nosotros advirtiéramos su presencia y casi nos expulsaron del sistema solar antes de que descubriéramos la única arma eficaz en su contra. Entonces huyeron adonde nosotros no pudiéramos seguirlos, fuera de la galaxia. Cuando lo hicimos, unos quince mil años después, habían desaparecido. Hacía unos tres mil años que estaban muertos.

Y precisamente sobre esto voy a hablarles - sobre esta poderosa raza y las demás -; pero antes, a fin de que sepan cómo sé lo que sé, les hablaré de mí mismo.

Yo no soy inmortal. En el universo sólo hay un ser inmortal; ya les hablaré de él en otro momento. En comparación con él, yo soy insignificante, pero no podrán comprender ni creer lo que les diga a menos que comprendan quién soy.

Un nombre no quiere decir nada, y me alegro de ello, porque no recuerdo el mío. Estos resulta menos extraño de lo que ustedes creen, pues ciento ochenta mil años es mucho tiempo y, por una u otra razón, he cambiado de nombre unas mil veces o más. Y ¿qué puede importar menos que el nombre que me impusieron mis padres hace ciento ochenta mil años?

No soy mutante. Me sucedió cuando tenía veintitrés años, durante la primera guerra atómica. Es decir, la primera guerra en la cual ambos bandos utilizaron armas atómicas - armas inofensivas, naturalmente, comparadas con las que se inventaron después -. Habían transcurrido menos de una docena de años tras el descubrimiento de la bomba atómica. Las primeras bombas se lanzaron en una guerra secundaria cuando yo era pequeño. La guerra terminó rápidamente, pues sólo uno de los bando las poseía.

La primera guerra atómica no fue demasiado espantosa - la primera nunca lo es -. Tuve suerte, porque, si lo hubiera sido - si hubiera puesto fin a una civilización -, yo no habría sobrevivido pese al accidente biológico que me ocurrió. Si hubiera puesto fin a una civilización, yo no habría sido mantenido con vida durante el periodo letárgico de dieciséis años que atravesé unos treinta años después. Pero otra vez me he adelantado al relato.

Creo que tenía veinte o veintiún años cuando se inició la guerra. No me reclutaron en seguida para el ejercito porque no estaba físicamente dotado. Sufría una enfermedad bastante rara de la glándula pituitaria... El síndrome de no sé quién. He olvidado el nombre. Entre otras cosas, producía obesidad. Pesaba unos veinte kilos en exceso para mi estatura y no era muy vigoroso. Fui rechazado sin dudar.

Al cabo de unos dos años mi enfermedad había progresado ligeramente, pero otras cosas habían progresado más que ligeramente. En aquella época el ejército reclutaba a todo el mundo; habrían reclutado a un ciego con un solo brazo y una sola pierna si el hombre hubiera estado dispuesto a luchar. Y yo estaba dispuesto a luchar. Había perdido a mi familia en una escaramuza, odiaba mi trabajo en una fábrica de armas, y los médicos me habían dicho que mi enfermedad era incurable y, de todos modos, sólo me quedaban uno o dos años de vida. De modo que acudí a lo que restaba del ejército, y lo que restaba del ejército me aceptó sin dudar y me envió al frente más próximo, que estaba a quince kilómetros de distancia. Estaba luchando al día siguiente de incorporarme.

Recuerdo lo suficiente para saber que yo no tuve nada que ver con ello, pero dio la casualidad de que fuera precisamente entonces cuando cambió la suerte. El otro bando carecía de bombas y pólvora y empezaba a sufrir escasez de granadas y balas. Nosotros también carecíamos de bombas y pólvora pero ellos no habían conseguido paralizar todos nuestros medios de transporte y nosotros, sí. Todavía disponíamos de aviones para transportar las bombas recién fabricadas, y también disponíamos de una cierta organización que enviaba los aviones a los lugares debidos. Cerca de los lugares debidos, habría que decir; a veces las dejábamos caer por equivocación demasiado cerca de nuestros propias tropas. Una semana después de entrar en combate me vi nuevamente alejado de él al ser alcanzado por una de nuestras bombas de menor potencia que había caído a unos dos kilómetros de distancia.

Recobré el conocimiento, unas dos semanas después, en un hospital de la retaguardia, con quemaduras de primer grado. La guerra ya había terminado, a excepción de los últimos brotes de resistencia, y sólo quedaba restaurar el orden y poner el mundo nuevamente en marcha. Como verán, no fue lo que yo llamaría una guerra exterminadora. Aniquiló - la cifra no es exacta; no recuerdo la fracción - una cuarta o una quinta parte de la población mundial. Quedaba la suficiente capacidad productiva y la gente suficiente, para seguir adelante; los siglos venideros fueron difíciles, pero no se produjo una vuelta al salvajismo, ni fue necesario empezar desde cero. En tales épocas, la gente vuelve a usar velas para iluminarse y a quemar madera en calidad de combustible, pero no porque no sepa usar la electricidad o una mina de carbón; sólo porque la confusión y las revoluciones ocasionan un desequilibrio temporal. Los conocimientos están ahí, en reserva hasta la reaparición del orden.

No es el mismo caso de una guerra de exterminio, en la que nueve décimas partes de la población de la Tierra - o de la Tierra y los demás planetas - son aniquiladas. Entonces es cuando el mundo retrocede hasta el salvajismo y la centésima generación redescubre los metales para guarnecer sus lanzas.

Pero vuelvo a divagar. Después de recobrar el conocimiento en el hospital, sufrí muchísimo. Se habían terminado los anestésicos. Yo tenía profundas quemaduras, ocasionadas por la radiación, que me hicieron sufrir casi intolerablemente durante los primeros meses hasta que, gradualmente, se curaron. No dormía - eso es lo extraño -. Y era algo aterrador, pues no comprendía lo que me había sucedió, y lo desconocido siempre es aterrador. Los médicos no me hacían demasiado caso, pues yo era uno de los millones de quemados o heridos, y me parece que no creyeron mis reiteradas declaraciones de que no podía dormir. Pensaron que había dormido un poco y que exageraba o que estaba realmente equivocado. Pero yo no había dormido nada. No puede dormir hasta mucho después de abandonar el hospital, curado. Curado, incidentalmente, de la enfermedad producida por la glándula pituitaria, y con el peso normal, y la salud perfecta.

Estuve treinta años sin dormir. Después si que dormí, durante dieciséis años. Y al término de ese periodo de cuarenta y seis años, yo aparentaba, físicamente, la edad de veintitrés.

¿Empiezan a comprender ustedes lo que sucedió, tal como yo empecé a comprenderlo entonces? La radiación - o la combinación de varios tipos de radiación - que yo había sufrido cambió radicalmente las funciones de mi glándula pituitaria. Pero también hubo otros factores implicados. Una vez estudié endocrinología, hace unos ciento cincuenta mil años, y creo que me fue muy útil. Si mis cálculos fueron correctos, lo que me sucedió fue una posibilidad entre varios billones.

Los factores de degeneración y envejecimiento no fueron eliminados, naturalmente, pero la proporción se vio reducida en unas quince mil veces. De modo que no soy inmortal. He envejecido once años en los pasados ciento ochenta milenios. Mi edad física es ahora de treinta y cuatro años.

Y, para mi, cuarenta y cinco años equivalen a un día. No duermo durante treinta años - y después duermo unos quince -. Es una suerte que mis primeros «días» no coincidieran con un periodo de completa desorganización social o salvajismo, o no habría sobrevivido a mis primeros años de sueño. Pero sobreviví, y entonces ya había aprendido un sistema y podía cuidar de mi propia supervivencia. Desde entonces he dormido unas cuatro mil veces y he sobrevivido. Quizá algún día no tenga tanta suerte. Quizá algún día, a pesar de ciertos dispositivos de seguridad, alguien descubra e interrumpa en la cueva o bóveda donde me instalo, secretamente, para un período de sueño. Pero no es probable. Dispongo de muchos años para preparar cada uno de estos lugares, más la experiencia de cuatro mil sueños a mis espaldas. Uno podría pasar mil veces por delante de ese sitio y no saber que estaba allí, ni poder entrar aunque sospechara su existencia.

No, mis posibilidades de supervivencia entre dos períodos de vida consciente son mucho mayores que mis posibilidades de supervivencia durante mis períodos de vida activa. Quizá sea un milagro que haya sobrevivido a tantas, pese a las técnicas de supervivencia que he llegado a desarrollar.

Y esas técnicas son buenas. He sobrevivido a siete guerras atómicas - y superatómicas - que han reducido la población de la Tierra a unos cuantos salvajes reunidos en torno a unas cuantas fogatas en unas cuantas zonas todavía habitables. Y en otras épocas, en otras eras, he estado en cinco galaxias aparte de la nuestra.

He tenido varios miles de esposas, pero sólo una cada vez, pues nací en una época de monogamia y la costumbre ha persistido. Y he tenido varios miles de hijos. Naturalmente, jamás he podido vivir más de treinta años con una esposa antes de verme obligado a desaparecer, pero treinta años es tiempo más que suficiente para los dos, especialmente cuando ella envejece a un ritmo normal y yo envejezco imperceptiblemente. Oh, eso ocasiona problemas, desde luego, pero siempre he podido solucionarlos. Siempre me caso, cuando me caso, con una muchacha mucho más joven que yo, para que la disparidad no llegue a ser demasiado grande. Digamos que tengo treinta años; me caso con una muchacha de dieciséis. Cuando llega el momento de dejarla, ella tiene cuarenta y seis y yo sigo teniendo treinta. Y lo mejor para ambos, para todo el mundo, es que yo no vuelva a ese lugar cuando me despierte. Si ella aún vive habrá pasado de los sesenta y no estaría bien, ni siquiera para ella, que tuviese un marido súbitamente resucitado todavía joven. Y yo la he dejado bien provista, convertida en una viuda rica, rica en dinero o lo que en esa época particular se considera riqueza. A veces fueron abalorios y puntas de flechas, a veces trigo en un granero y una vez - ha habido civilizaciones muy peculiares - escamas de pescado. Nunca tuve la menor dificultad en obtener mi parte, o más, de dinero o su equivalente. Tras una práctica de varios miles de años, la dificultad estriba en lo contrario, saber cuando detenerse a fin de no convertirse en una persona extremadamente rica y llamar la atención.

Por razones obvias, siempre lo he conseguido. Por razones que pronto conocerán, yo nunca he aspirado al poder, y tampoco - tras los primeros centenares de años - he dejado sospechar a la gente que yo era distinto. Incluso me echaba varias horas cada noche, simulando que dormía.

Pero nada de esto es importante, del mismo modo que yo tampoco lo soy. Sólo se lo he contado para que entiendan cómo sé lo que ahora voy a decirles.

Y cuando se lo haya dicho, no crean que he intentado venderles algo. Es algo que ustedes no podrían cambiar aunque quisieran, y - cuando lo comprendan - no querrán hacerlo.

No trato de influenciarles ni guiarles. En cuatro mil vidas he sido casi todo, excepto un caudillo. Lo he eludido. Oh, con bastante frecuencia he sido un dios entre los salvajes, pero la razón es que debía serlo para sobrevivir. Utilizaba los poderes que ellos creían mágicos para mantener un cierto orden, pero nunca para acaudillarles, ni para sujetarles. Si les enseñé a usar el arco y la flecha, fue porque la caza era escasa, nos moríamos de hambre, y mi supervivencia dependía de la suya. Tras comprender que el sistema era necesario, jamás lo he alterado.

Lo que ahora les diré no alterará el sistema.



Es esto: La raza humana es el único organismo inmortal del universo.

Ha habido otras razas, y hay otras razas en el universo, pero se han extinguido o se extinguirán. Una vez, hace cien mil años, las catalogamos con la ayuda de un instrumento que detectaba la presencia de pensamiento y de inteligencia, por muy extraños que fueran y por muy lejos que estuvieran, y esto nos dio una medida de esta mente y sus características. Y, cincuenta mil años después, se descubrió nuevamente ese instrumento. Había tantas razas como antes, pero sólo ocho de ellas eran las mismas que hacía cincuenta mil años antes, y cada una de esas ocho estaba muriéndose, de vejez. Habían sobrepasado la cumbre de sus poderes y estaban muriéndose.

Habían llegado al límite de su capacidad - siempre hay un límite - y no les quedaba otra alternativa que morir. La vida es dinámica; nunca puede ser estática - tanto si el nivel es alto como bajo - y sobrevivir.

Esto es lo que trato de decirles, a fin de que no vuelvan a asustarse. Sólo una raza que se destruye a sí misma y su progreso con cierta periodicidad, una raza que retrocede hasta sus inicios, es capaz e sobrevivir más de, digamos, sesenta mil años de vida inteligente.

En todo el universo sólo la raza humana ha alcanzado un alto nivel de inteligencia sin alcanzar un alto nivel de cordura. Somos únicos. Ya somos por lo menos cinco veces más viejos que cualquier otra raza que haya existido jamás, y esto se debe a que no somos sensatos. Y el hombre, a veces, ha vislumbrado el hecho de que la insensatez es divina. Pero sólo en altos niveles de cultura se da cuenta de que está colectivamente loco, de que siempre acabará destruyéndose, para surgir con más fuerza de sus propias cenizas.

El fénix, el ave que se inmola periódicamente a sí misma en una hoguera para volver a nacer y vivir otro milenio, y así sucesivamente, sólo es un mito metafóricamente hablando; existe y sólo hay una de ellas.

Ustedes son el fénix.

Nada podrá destruirles jamás, ahora que - durante muchas civilizaciones notables - su semilla ha sido esparcida en los planetas de un millar de soles, en un centenar de galaxias, para repetir eternamente el ciclo. El ciclo que comenzó hace ciento ochenta mil años, si no me equivoco.

No puedo estar seguro de ello, pues he visto que los veinte o treinta mil años que transcurren entre la caída de una civilización y el inicio de otra destruyen todos los rastros. En veinte o treinta mil años, los recuerdos se convierten en leyendas, las leyendas se convierten en supersticiones, e incluso las supersticiones se pierden. Los metales se oxidan y corroen en las profundidades de la tierra mientras el viento, la lluvia y la jungla erosionan y cubren las piedras. Los contornos de los continentes cambian, los glaciares aparecen y desaparecen, y una ciudad de veinte mil años de antigüedad está sepultada bajo muchos kilómetros de tierra o de mar.

De modo que no puedo estar seguro. Es posible que el primer estallido que yo conocí no fuera el primero; muchas civilizaciones pueden haberse levantado y caído antes de mi época. En este caso dicha posibilidad no hace más que reforzar mi afirmación de que la humanidad puede haber sobrevivido más de los ciento ochenta mil años que yo sé y puede haber sobrevivido a los seis estallidos que han tenido lugar desde lo que yo creo que fue el primer descubrimiento de la pira del fénix.

Pero - aparte de que hayamos esparcido tan bien nuestra semilla por las estrellas que ni la desaparición del sol ni su posible conversión un una nova podrían destruirnos - el pasado no importa. Lur, Candra, Tragan, Kah, Mu, Atlantis, éstas son las seis civilizaciones que he conocido, y han desparecido tan completamente como ésta desaparecerá dentro de veinte o treinta mil años, pero la raza humana, aquí o en otras galaxias, sobrevivirá y vivirá eternamente.



El hecho de saber todo esto, en este año de su era actual, contribuirá a mantener su paz de espíritu, pues su espíritu está inquieto. Quizá, yo estoy seguro, les ayude saber que la próxima guerra atómica, la que probablemente tenga lugar en su generación, no será una guerra de exterminio, llegará demasiado pronto para que lo sea, antes de que ustedes hayan inventado las armas realmente destructivas que el hombre ha inventado con tanta frecuencia en el pasado. Les hará retroceder, es verdad. Durante uno o más siglos sólo habrá oscuridad. Después, con el recuerdo de lo que ustedes llamarán la Tercera Guerra Mundial como advertencia, el hombre pensará - como siempre lo ha hecho después de una benigna guerra atómica. que ha conquistado su propia locura.

Durante cierto tiempo - si el ciclo se repite -, la tendrá a raya. llegará nuevamente a las estrellas, y ya las encontrará colonizadas. Sí, ustedes volverán a Marte dentro de quinientos años, y yo también iré, para ver nuevamente los canales que en otra ocasión ayudé a construir. Hace ochenta mil años que no he estado allí y me gustaría ver lo que el tiempo les ha hecho, a los canales y a aquellos de nosotros que se quedaron incomunicados la última vez que la humanidad perdió el vuelo espacial. Naturalmente, ellos también han seguido un ciclo, pero la proporción no tiene por que ser constante. Podemos encontrarles en cualquier etapa del ciclo que no sea la superior. Si estuvieran en el punto cumbre del ciclo, no tendríamos que ir a ellos; ellos vendrían a nosotros. Pensando, naturalmente, como piensan ahora, que son marcianos.

Me pregunto que grado de desarrollo alcanzarán ustedes esta vez. Confío en que no sea tan elevado como el de los trhagán. Confío en que jamás vuelva a descubrirse el arma que los trhagán utilizaron contra su colonia de Skora, que entonces era el quinto planeta hasta que los trhagán lo convirtieron en multitud de asteroides. Claro que esa arma sólo se inventará muchos años después de que los viajes intergalácticos vuelvan a convertirse en algo común. Si lo veo venir saldré de la galaxia, pero no me gustaría tener que hacerlo. Me gusta la Tierra y me gustaría pasar aquí el resto de mi vida mortal, si es que ella dura tanto.

Posiblemente no sea así, pero la raza humana sí que durará. En todas parte, y para siempre, porque nunca será cuerda y sólo la locura es divina. Sólo los locos se destruyen a sí mismos y todo lo que han forjado.

Y sólo el fénix vive eternamente.




FIN

miércoles, enero 12, 2011

Es Gestarescala de Phillip K. Dick

El hombre del cubículo contiguo al suyo le gritó un saludo: —Salud y larga vida al Presidente.— Rutina, nada más.

—Sí —, musitó Joe. Otros cubículos, muchos de ellos, unos sobre los otros. “¿Cuántos habrá en el edificio?”, pensó de repente.

“¿Mil? ¿Dos mil, o dos mil quinientos? Ya sé lo que puedo hacer hoy”, se dijo; “puedo investigar y averiguar cuántos cubículos hay además del mío. De ese modo sabré cuánta gente hay en el edificio..., sin contar, claro está, a los ausentes por enfermedad y a los que han muerto”.

Pero, primero, un cigarrillo. Sacó un paquete de cigarrillos de tabaco —algo completamente ilegal, por el daño que causaba a la salud y la naturaleza adictiva de la planta en sí— y se dispuso a encender uno.

Como siempre ocurría al hacer eso, su mirada se posó sobre el detector de humo puesto en la pared frente a él. Cada bocanada, una multa de diez vales, se dijo. Volvió a colocar los cigarrillos en su bolsillo, se frotó la frente con energía, tratando de vislumbrar el deseo enquistado en el fondo de su ser, el ansia que le había llevado a infringir ya varias veces esa reglamentación. ¿Qué es lo que realmente añoro?, se preguntó. La gratificación oral es un mero sustituto. Llegó a la conclusión de que era algo enorme; sintió un hambre primitiva que abría sus grandes fauces, como si fuera a devorar todo lo que le rodeaba. Trasladar el mundo de su alrededor a su universo interno.

Así era como jugaba. Esa sensación había creado, para él, el Juego.

Oprimiendo el botón rojo, levantó el auricular y esperó a que el lento y chirriante conmutador le proporcionase una línea exterior para su videófono.

—Scuac —protestó el videófono. En la pantalla se veían colores y trazos abstractos; la interferencia electrónica era apenas visible.

Marcó de memoria. Doce números, comenzando con el tres de Moscú.

—De parte de las oficinas del Vicecomisionado Saxton Gordon —dijo al operador ruso que le miraba con enojo desde la pantalla.

—Más juegos, me supongo —contestó el operador.

—No sólo por medio de harina de plancton puede mantener sus procesos metabólicos el bípedo humanoide —dijo Joe

Después de mirarle con desaprobación, el operador le comunicó con Gauk. Se encontró frente a la cara delgada y aburrida del pequeño funcionario soviético. El aburrimiento se transformó de inmediato en interés.

—A preslavni vityaz —entonó Gauk—. Dostoini konovod tolpi byezmozgloi, prestóopnaya.

—Bueno, no me eches un discurso —dijo Joe. Se sentía impaciente y malhumorado, pero eso era común por la mañana.

—Prostitye —se disculpó Gauk.

—¿Tienes un título para mí? —preguntó Joe mientras preparaba su lapicero.
—La computadora de Tokio ha estado ocupada toda la mañana —respondió Gauk—. Así que lo hice a través de la otra más pequeña de Kobe. En algunas cosas Kobe es… ¿cómo se podría decir? más pintoresca que Tokio —se detuvo a consultar un pedazo de papel. Su oficina, como la de Joe, era un cubículo con un escritorio, un videófono, una silla recta hecha de plástico y un anotador— ¿Listo?

—Listo —Joe hizo un garabato con su lapicero.

Gauk carraspeó y leyó de su trozo de papel. Su expresión era sonriente y satisfecha; parecía seguro de sí mismo.

—Éste tuvo su origen en tu idioma —explicó, haciendo honor a una de las reglas que habían sancionado todos juntos, miembros de una logia desparramada sobre la faz de la Tierra, en sus pequeñas oficinas y miserables puestecitos; sin nada para hacer, sin tareas ni preocupaciones ni problemas difíciles. Sin nada, salvo el vacío indiferente de su sociedad, contra el cual cada uno de ellos protestaba a su manera, y al cual todos eludían, en conjunto, a través del Juego—. Título de libro —continuó Gauk—. Es la única pista que te puedo dar.

—¿Es conocido? —preguntó Joe

Sin prestar atención a su pregunta, Gauk leyó el papelito.

—Un ferrocarril callejero donde hay fuego de catedral.

—¿Amor? —preguntó Joe

—No. Ardor.

—Ferrocarril —dijo Joe pensando—. Ferrocarril callejero. ¿Pero qué significa 'fuego'? —garabateó con el lapicero, confundido.

—¿Y esto es lo que te dio la computadora de traducción de Kobe? 'Fuego' es 'llama’ —decidió—. Catedral. ¿'Iglesia'? ¿'Santuario'? ¿De santuario? No. 'Seo'. ¡Eso era! 'Sede religiosa'. De seo —lo anotó. Llama. Deseo. Y 'ferrocarril callejero' ¿sería tranvía? Claro. 'Dónde', el antiguo 'do`. Ya lo tenía—. Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams. Tiró el lápiz sobre el escritorio en señal de triunfo.

—Diez puntos para ti —dijo Gauk—. Esto te pone al mismo nivel que Hirshmeyer en Berlín y un poco más adelante que Smith en Nueva. York. ¿Quieres intentar otro?

—Yo tengo uno —dijo Joe. Extrajo una hoja de papel doblada de su bolsillo, lo extendió sobre la mesa y leyó—: Casamientos de santo sindicato sin posesión.

Miró a Gauk con la sensación de tener algo bueno. Lo había conseguido de la computadora de traducción más grande, en el centro de Tokio.

—Es fácil —dijo Gauk sin esforzarse—. Sindicato sin posesión, 'gremio' sin 'mío'. Bodas de sangre. Diez puntos para mí —los anotó.

—La biografía es fantasía —dijo Joe con cierto enojo.

—La tienes tomada con los españoles, hoy, ¿eh? Ese es de Olla de la Nave —dijo Gauk con una sonrisa amplia—. La vida es sueño.

—¿Olla de la Nave? —repitió Joe pensativo.

—Calderón de la Barca.

—Me rindo —dijo Joe.

Se sentía cansado; como siempre, Gauk le llevaba kilómetros en este juego de retraducir las traducciones de las computadoras de vuelta a su idioma original.

—¿Quieres probar uno más?

Dijo Gauk suavemente, su cara sin expresión.

—Uno más —decidió Joe.

—La mitad repetida frena a los que hacen miel de los dolores abdominales.

—Dios mío —dijo Joe, profundamente consternado. No sonaba a nada. `Dolores abdominales'. 'Cólicos', quizá. Melan-cólicos. Pensó rápidamente. La mitad repetida frena. Frena; ¿para? Pero la mitad repetida. No le veía solución. Durante unos instantes meditó en silencio—. No— dijo al final—. No lo puedo adivinar. Me rindo.

—¿Tan pronto? —preguntó Gauk, levantando una ceja.

—Bueno, no vale la pena quedarse sentado aquí el resto del día tratando de adivinarla.

—Re-medio —dijo Gauk.

Joe gimió.

—¿Gimes? —dijo Gauk— ¿Porque le erraste a una que tendrías que haber acertado? ¿Estás cansado, Fernwright? ¿Te cansa estar sentado en tu rinconcito, sin nada para hacer, hora tras hora, como todos? ¿Prefieres quedarte solo en silencio y no conversar con nosotros? ¿Dejarte llevar?

Gauk parecía estar seriamente preocupado, su cara se había oscurecido.

—Lo que pasa es que era fácil —dijo Joe a modo de excusa. Pero podía ver que su colega moscovita estaba lejos de creerle—. Y bueno —prosiguió—, estoy deprimido. No puedo aguantar más. ¿Sabes lo que quiero decir? Sí, lo sabes —esperó. Pasó un momento sin imagen, durante el cual ninguno de los dos habló—. Voy a colgar —dijo Joe, y empezó a hacerlo.

—Espera —dijo Gauk rápidamente—. La última.

—No —dijo Joe.

Colgó, y se quedó mirando al vacío. En la hoja de papel extendida delante de él tenía unas cuantas más; pero se terminó, se dijo con amargura. Se había disipado la energía, la capacidad para dilapidar toda una existencia sin un trabajo digno de ser llamado tal, reemplazándolo por el ejercicio de lo trivial; más aún, el ejercicio voluntario, como en el caso del Juego. Contacto humano, pensó; a través del Juego el cascarón de nuestro aislamiento se raja y quiebra. Nos asomamos, pero ¿qué es lo que vemos, en realidad? Reflejos de nosotros mismos, nuestros rostros pálidos y demacrados, dedicados a no hacer nada en particular. La muerte está muy cerca, pensó. Cuando uno piensa en todo esto, la puede sentir ahí al lado. ¡Qué cerca está!, pensó. Nadie me está matando; no tengo enemigos ni antagonistas. Es como el vencimiento de la suscripción a una revista: caduca un poco cada mes. Lo que me pasa, pensó, es que estoy demasiado vacío como para seguir participando. No me importa si ellos —los que siguen con el Juego— me necesitan, necesitan mi contribución rancia y gastada.

Y, sin embargo, mientras miraba su trozo de papel ciegamente, sintió que algo ocurría dentro de él: una especie de oscura fotosíntesis. Una concentración de las fuerzas que le quedaban; una operación instintiva. Abandonado a su suerte, su cuerpo funcionando sin orientación imponía su propio esfuerzo biológico en forma concreta. Comenzó a anotar otro título.

Marcó una comunicación vía satélite con Japón; luego dio los números de la computadora de traducción de Tokio. Con una rapidez nacida de larga práctica consiguió una línea directa con la enorme y ruidosa maquinaria, evitando al ejército de empleados que la atendían.

—Transmisión oral —le informó.

La pesada GX9 pasó de recepción visual a oral.

—El vino del estío —dijo Joe. Encendió el grabador de su videófono.

La computadora contestó de inmediato, dándole la equivalencia en japonés.

—Gracias y fuera —dijo Joe, colgando. En seguida llamó a la computadora de traducción de Washington, D.C. Rebobinó la cinta del grabador de su videófono, y reprodujo las palabras japonesas —nuevamente en forma oral— para la computadora, que traduciría la frase japonesa a su idioma.

—El era oriundo del hermano del padre.

—¿Qué? —dijo Joe, riéndose—. Repita, por favor.

—El era oriundo del hermano del padre —dijo la computadora con la paciencia y nobleza de los seres superiores.

—¿Esa es la traducción exacta? —preguntó Joe.

—El era oriundo…

—Está bien, corte —dijo Joe. Colgó y se sonrió unos instantes; volvió a sentir que la energía corría por su cuerpo, despertada por ese humor humano que lo llenaba de vigor. Vaciló un instante, pensando, y luego decidió marcar el número del bueno de Smith en Nueva York.

—Oficina de Abastecimiento y Suministros, Sección Siete —dijo Smith, y su cara perruna, acosada por el aburrimiento, apareció en la pequeña pantalla gris—. Hola, Fernwright. ¿Tiene algo para mí?

—Una fácil —dijo Joe—: Él era oriundo…

—Espere que haya escuchado la mía —le interrumpió Smith—. Déjeme a mí primero. Vamos, Joe, ésta es fantástica. No la va a sacar nunca. Escuche —leyó rápidamente, tropezándose con las palabras—: El caballero anterior afirma te entreguen. Por 'Primero que te diviertas' .

—No —dijo Joe.

—No, ¿qué? —Smith le miró frunciendo el ceño—. Ni siquiera lo ha intentado; se quedó ahí sentado. Le doy tiempo. Las reglas estipulan cinco minutos; son suyos.

—Me retiro —dijo Joe.

—¿De qué? ¿Del Juego? ¡Pero si tiene una puntuación excelente!

—Me retiro de mi profesión —dijo Joe—. Voy a abandonar este lugar de trabajo y cancelar mi videófono. No estaré aquí, así que no podré jugar —respiró hondo y prosiguió—. Tengo sesenta y cinco monedas de cuarto de dólar ahorradas. De antes de la guerra. Me llevó dos años.

—¿Monedas? —Smith lo miró boquiabierto— ¿Dinero de metal?

—Están en una bolsita de amianto debajo del calefactor en mi habitación —dijo Joe. Haré la consulta hoy, se dijo—. Hay una cabina a la vuelta de mi edificio —le dijo a Smith. Espero tener suficientes monedas, pensó. Dicen que Don Empleo da tan poco -o para expresarlo de otro modo- cobra tanto... Pero sesenta y cinco monedas es bastante. Equivalen a... Tenía que calcularlo en su anotador—. Diez millones de dólares en vales —informó a Smith—. De acuerdo con el cambio oficial de hoy, que salió en el diario de la mañana.

Después de una pausa eterna, Smith habló con lentitud.

—Ya veo. Bueno, espero que tenga suerte. Conseguirá que le diga veinte palabras por lo que tiene ahorrado. Quizá dos frases. 'Vaya a Boston. Pregunte por' y luego se cortará; se cerrará herméticamente. El depósito de monedas hará un ruido, y sus monedas estarán allí abajo, en una red de viaductos, impulsadas por presión hidráulica hasta la central de Don Empleo en Oslo —se frotó debajo de la nariz, como para eliminar cualquier vestigio de humedad—. Le envidio, Fernwright. Quizá dos frases sean suficientes. Yo lo consulté una vez. Le entregué cincuenta monedas. 'Vaya a Boston', me dijo. 'Pregunte por'. Y luego cortó. Me pareció que se divertía, que le gustaba cortar la comunicación en el momento justo, como si mis monedas lo hubieran incitado al placer, a esa clase de placer que podría satisfacer a un ente mecánico. Pero no deje que lo desanime.

—Claro que no —replicó Joe estoicamente.

—Cuando haya consumido todas sus monedas… —prosiguió Smith, pero Joe lo interrumpió con una voz llena de aspereza:

—Al grano.

—Ningún ruego.

—Está bien.

Hubo una pausa. Los dos hombres se miraron.

—Ningún ruego —dijo Smith al fin—, ninguna argucia posible hará que esa condenada máquina le diga una sola palabra más.

—Mmm —dijo Joe.

Trató de aparentar indiferencia, pero las palabras de Smith habían surtido efecto. Sintió que su entusiasmo se enfriaba. Los vientos fríos y huracanados del miedo soplaban en su alma. Miedo de terminar con las manos vacías. Una frase truncada de Don Empleo, y entonces, como decía Smith, el fin. Don Empleo era la imagen antediluviana del hierro mudo cuando se apagaba. La quintaesencia del rechazo. Si existe una sordera sobrenatural, pensó, es la de Don Empleo cuando a uno se le acabaron las monedas.

—¿Puedo darle otra que conseguí de la traductora de Namangan?' —dijo Smith—. Es cortita. Escuche —sus dedos alargados recorrieron apresuradamente la lista que tenia ante él—: Cacería Alba, película famosa del año.

—Casablanca —dijo Joe sin expresión.

—¡Sí! Dio en el blanco, Fernwright, ¡justo en el centro, con bandera y todo! ¿Quiere otra? ¡No corte! ¡Tengo una realmente buena aquí!

—Désela a Hirshmeyer en Berlín —dijo Joe y colgó.

Me estoy muriendo, se dijo.