miércoles, enero 12, 2011

Es Gestarescala de Phillip K. Dick

El hombre del cubículo contiguo al suyo le gritó un saludo: —Salud y larga vida al Presidente.— Rutina, nada más.

—Sí —, musitó Joe. Otros cubículos, muchos de ellos, unos sobre los otros. “¿Cuántos habrá en el edificio?”, pensó de repente.

“¿Mil? ¿Dos mil, o dos mil quinientos? Ya sé lo que puedo hacer hoy”, se dijo; “puedo investigar y averiguar cuántos cubículos hay además del mío. De ese modo sabré cuánta gente hay en el edificio..., sin contar, claro está, a los ausentes por enfermedad y a los que han muerto”.

Pero, primero, un cigarrillo. Sacó un paquete de cigarrillos de tabaco —algo completamente ilegal, por el daño que causaba a la salud y la naturaleza adictiva de la planta en sí— y se dispuso a encender uno.

Como siempre ocurría al hacer eso, su mirada se posó sobre el detector de humo puesto en la pared frente a él. Cada bocanada, una multa de diez vales, se dijo. Volvió a colocar los cigarrillos en su bolsillo, se frotó la frente con energía, tratando de vislumbrar el deseo enquistado en el fondo de su ser, el ansia que le había llevado a infringir ya varias veces esa reglamentación. ¿Qué es lo que realmente añoro?, se preguntó. La gratificación oral es un mero sustituto. Llegó a la conclusión de que era algo enorme; sintió un hambre primitiva que abría sus grandes fauces, como si fuera a devorar todo lo que le rodeaba. Trasladar el mundo de su alrededor a su universo interno.

Así era como jugaba. Esa sensación había creado, para él, el Juego.

Oprimiendo el botón rojo, levantó el auricular y esperó a que el lento y chirriante conmutador le proporcionase una línea exterior para su videófono.

—Scuac —protestó el videófono. En la pantalla se veían colores y trazos abstractos; la interferencia electrónica era apenas visible.

Marcó de memoria. Doce números, comenzando con el tres de Moscú.

—De parte de las oficinas del Vicecomisionado Saxton Gordon —dijo al operador ruso que le miraba con enojo desde la pantalla.

—Más juegos, me supongo —contestó el operador.

—No sólo por medio de harina de plancton puede mantener sus procesos metabólicos el bípedo humanoide —dijo Joe

Después de mirarle con desaprobación, el operador le comunicó con Gauk. Se encontró frente a la cara delgada y aburrida del pequeño funcionario soviético. El aburrimiento se transformó de inmediato en interés.

—A preslavni vityaz —entonó Gauk—. Dostoini konovod tolpi byezmozgloi, prestóopnaya.

—Bueno, no me eches un discurso —dijo Joe. Se sentía impaciente y malhumorado, pero eso era común por la mañana.

—Prostitye —se disculpó Gauk.

—¿Tienes un título para mí? —preguntó Joe mientras preparaba su lapicero.
—La computadora de Tokio ha estado ocupada toda la mañana —respondió Gauk—. Así que lo hice a través de la otra más pequeña de Kobe. En algunas cosas Kobe es… ¿cómo se podría decir? más pintoresca que Tokio —se detuvo a consultar un pedazo de papel. Su oficina, como la de Joe, era un cubículo con un escritorio, un videófono, una silla recta hecha de plástico y un anotador— ¿Listo?

—Listo —Joe hizo un garabato con su lapicero.

Gauk carraspeó y leyó de su trozo de papel. Su expresión era sonriente y satisfecha; parecía seguro de sí mismo.

—Éste tuvo su origen en tu idioma —explicó, haciendo honor a una de las reglas que habían sancionado todos juntos, miembros de una logia desparramada sobre la faz de la Tierra, en sus pequeñas oficinas y miserables puestecitos; sin nada para hacer, sin tareas ni preocupaciones ni problemas difíciles. Sin nada, salvo el vacío indiferente de su sociedad, contra el cual cada uno de ellos protestaba a su manera, y al cual todos eludían, en conjunto, a través del Juego—. Título de libro —continuó Gauk—. Es la única pista que te puedo dar.

—¿Es conocido? —preguntó Joe

Sin prestar atención a su pregunta, Gauk leyó el papelito.

—Un ferrocarril callejero donde hay fuego de catedral.

—¿Amor? —preguntó Joe

—No. Ardor.

—Ferrocarril —dijo Joe pensando—. Ferrocarril callejero. ¿Pero qué significa 'fuego'? —garabateó con el lapicero, confundido.

—¿Y esto es lo que te dio la computadora de traducción de Kobe? 'Fuego' es 'llama’ —decidió—. Catedral. ¿'Iglesia'? ¿'Santuario'? ¿De santuario? No. 'Seo'. ¡Eso era! 'Sede religiosa'. De seo —lo anotó. Llama. Deseo. Y 'ferrocarril callejero' ¿sería tranvía? Claro. 'Dónde', el antiguo 'do`. Ya lo tenía—. Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams. Tiró el lápiz sobre el escritorio en señal de triunfo.

—Diez puntos para ti —dijo Gauk—. Esto te pone al mismo nivel que Hirshmeyer en Berlín y un poco más adelante que Smith en Nueva. York. ¿Quieres intentar otro?

—Yo tengo uno —dijo Joe. Extrajo una hoja de papel doblada de su bolsillo, lo extendió sobre la mesa y leyó—: Casamientos de santo sindicato sin posesión.

Miró a Gauk con la sensación de tener algo bueno. Lo había conseguido de la computadora de traducción más grande, en el centro de Tokio.

—Es fácil —dijo Gauk sin esforzarse—. Sindicato sin posesión, 'gremio' sin 'mío'. Bodas de sangre. Diez puntos para mí —los anotó.

—La biografía es fantasía —dijo Joe con cierto enojo.

—La tienes tomada con los españoles, hoy, ¿eh? Ese es de Olla de la Nave —dijo Gauk con una sonrisa amplia—. La vida es sueño.

—¿Olla de la Nave? —repitió Joe pensativo.

—Calderón de la Barca.

—Me rindo —dijo Joe.

Se sentía cansado; como siempre, Gauk le llevaba kilómetros en este juego de retraducir las traducciones de las computadoras de vuelta a su idioma original.

—¿Quieres probar uno más?

Dijo Gauk suavemente, su cara sin expresión.

—Uno más —decidió Joe.

—La mitad repetida frena a los que hacen miel de los dolores abdominales.

—Dios mío —dijo Joe, profundamente consternado. No sonaba a nada. `Dolores abdominales'. 'Cólicos', quizá. Melan-cólicos. Pensó rápidamente. La mitad repetida frena. Frena; ¿para? Pero la mitad repetida. No le veía solución. Durante unos instantes meditó en silencio—. No— dijo al final—. No lo puedo adivinar. Me rindo.

—¿Tan pronto? —preguntó Gauk, levantando una ceja.

—Bueno, no vale la pena quedarse sentado aquí el resto del día tratando de adivinarla.

—Re-medio —dijo Gauk.

Joe gimió.

—¿Gimes? —dijo Gauk— ¿Porque le erraste a una que tendrías que haber acertado? ¿Estás cansado, Fernwright? ¿Te cansa estar sentado en tu rinconcito, sin nada para hacer, hora tras hora, como todos? ¿Prefieres quedarte solo en silencio y no conversar con nosotros? ¿Dejarte llevar?

Gauk parecía estar seriamente preocupado, su cara se había oscurecido.

—Lo que pasa es que era fácil —dijo Joe a modo de excusa. Pero podía ver que su colega moscovita estaba lejos de creerle—. Y bueno —prosiguió—, estoy deprimido. No puedo aguantar más. ¿Sabes lo que quiero decir? Sí, lo sabes —esperó. Pasó un momento sin imagen, durante el cual ninguno de los dos habló—. Voy a colgar —dijo Joe, y empezó a hacerlo.

—Espera —dijo Gauk rápidamente—. La última.

—No —dijo Joe.

Colgó, y se quedó mirando al vacío. En la hoja de papel extendida delante de él tenía unas cuantas más; pero se terminó, se dijo con amargura. Se había disipado la energía, la capacidad para dilapidar toda una existencia sin un trabajo digno de ser llamado tal, reemplazándolo por el ejercicio de lo trivial; más aún, el ejercicio voluntario, como en el caso del Juego. Contacto humano, pensó; a través del Juego el cascarón de nuestro aislamiento se raja y quiebra. Nos asomamos, pero ¿qué es lo que vemos, en realidad? Reflejos de nosotros mismos, nuestros rostros pálidos y demacrados, dedicados a no hacer nada en particular. La muerte está muy cerca, pensó. Cuando uno piensa en todo esto, la puede sentir ahí al lado. ¡Qué cerca está!, pensó. Nadie me está matando; no tengo enemigos ni antagonistas. Es como el vencimiento de la suscripción a una revista: caduca un poco cada mes. Lo que me pasa, pensó, es que estoy demasiado vacío como para seguir participando. No me importa si ellos —los que siguen con el Juego— me necesitan, necesitan mi contribución rancia y gastada.

Y, sin embargo, mientras miraba su trozo de papel ciegamente, sintió que algo ocurría dentro de él: una especie de oscura fotosíntesis. Una concentración de las fuerzas que le quedaban; una operación instintiva. Abandonado a su suerte, su cuerpo funcionando sin orientación imponía su propio esfuerzo biológico en forma concreta. Comenzó a anotar otro título.

Marcó una comunicación vía satélite con Japón; luego dio los números de la computadora de traducción de Tokio. Con una rapidez nacida de larga práctica consiguió una línea directa con la enorme y ruidosa maquinaria, evitando al ejército de empleados que la atendían.

—Transmisión oral —le informó.

La pesada GX9 pasó de recepción visual a oral.

—El vino del estío —dijo Joe. Encendió el grabador de su videófono.

La computadora contestó de inmediato, dándole la equivalencia en japonés.

—Gracias y fuera —dijo Joe, colgando. En seguida llamó a la computadora de traducción de Washington, D.C. Rebobinó la cinta del grabador de su videófono, y reprodujo las palabras japonesas —nuevamente en forma oral— para la computadora, que traduciría la frase japonesa a su idioma.

—El era oriundo del hermano del padre.

—¿Qué? —dijo Joe, riéndose—. Repita, por favor.

—El era oriundo del hermano del padre —dijo la computadora con la paciencia y nobleza de los seres superiores.

—¿Esa es la traducción exacta? —preguntó Joe.

—El era oriundo…

—Está bien, corte —dijo Joe. Colgó y se sonrió unos instantes; volvió a sentir que la energía corría por su cuerpo, despertada por ese humor humano que lo llenaba de vigor. Vaciló un instante, pensando, y luego decidió marcar el número del bueno de Smith en Nueva York.

—Oficina de Abastecimiento y Suministros, Sección Siete —dijo Smith, y su cara perruna, acosada por el aburrimiento, apareció en la pequeña pantalla gris—. Hola, Fernwright. ¿Tiene algo para mí?

—Una fácil —dijo Joe—: Él era oriundo…

—Espere que haya escuchado la mía —le interrumpió Smith—. Déjeme a mí primero. Vamos, Joe, ésta es fantástica. No la va a sacar nunca. Escuche —leyó rápidamente, tropezándose con las palabras—: El caballero anterior afirma te entreguen. Por 'Primero que te diviertas' .

—No —dijo Joe.

—No, ¿qué? —Smith le miró frunciendo el ceño—. Ni siquiera lo ha intentado; se quedó ahí sentado. Le doy tiempo. Las reglas estipulan cinco minutos; son suyos.

—Me retiro —dijo Joe.

—¿De qué? ¿Del Juego? ¡Pero si tiene una puntuación excelente!

—Me retiro de mi profesión —dijo Joe—. Voy a abandonar este lugar de trabajo y cancelar mi videófono. No estaré aquí, así que no podré jugar —respiró hondo y prosiguió—. Tengo sesenta y cinco monedas de cuarto de dólar ahorradas. De antes de la guerra. Me llevó dos años.

—¿Monedas? —Smith lo miró boquiabierto— ¿Dinero de metal?

—Están en una bolsita de amianto debajo del calefactor en mi habitación —dijo Joe. Haré la consulta hoy, se dijo—. Hay una cabina a la vuelta de mi edificio —le dijo a Smith. Espero tener suficientes monedas, pensó. Dicen que Don Empleo da tan poco -o para expresarlo de otro modo- cobra tanto... Pero sesenta y cinco monedas es bastante. Equivalen a... Tenía que calcularlo en su anotador—. Diez millones de dólares en vales —informó a Smith—. De acuerdo con el cambio oficial de hoy, que salió en el diario de la mañana.

Después de una pausa eterna, Smith habló con lentitud.

—Ya veo. Bueno, espero que tenga suerte. Conseguirá que le diga veinte palabras por lo que tiene ahorrado. Quizá dos frases. 'Vaya a Boston. Pregunte por' y luego se cortará; se cerrará herméticamente. El depósito de monedas hará un ruido, y sus monedas estarán allí abajo, en una red de viaductos, impulsadas por presión hidráulica hasta la central de Don Empleo en Oslo —se frotó debajo de la nariz, como para eliminar cualquier vestigio de humedad—. Le envidio, Fernwright. Quizá dos frases sean suficientes. Yo lo consulté una vez. Le entregué cincuenta monedas. 'Vaya a Boston', me dijo. 'Pregunte por'. Y luego cortó. Me pareció que se divertía, que le gustaba cortar la comunicación en el momento justo, como si mis monedas lo hubieran incitado al placer, a esa clase de placer que podría satisfacer a un ente mecánico. Pero no deje que lo desanime.

—Claro que no —replicó Joe estoicamente.

—Cuando haya consumido todas sus monedas… —prosiguió Smith, pero Joe lo interrumpió con una voz llena de aspereza:

—Al grano.

—Ningún ruego.

—Está bien.

Hubo una pausa. Los dos hombres se miraron.

—Ningún ruego —dijo Smith al fin—, ninguna argucia posible hará que esa condenada máquina le diga una sola palabra más.

—Mmm —dijo Joe.

Trató de aparentar indiferencia, pero las palabras de Smith habían surtido efecto. Sintió que su entusiasmo se enfriaba. Los vientos fríos y huracanados del miedo soplaban en su alma. Miedo de terminar con las manos vacías. Una frase truncada de Don Empleo, y entonces, como decía Smith, el fin. Don Empleo era la imagen antediluviana del hierro mudo cuando se apagaba. La quintaesencia del rechazo. Si existe una sordera sobrenatural, pensó, es la de Don Empleo cuando a uno se le acabaron las monedas.

—¿Puedo darle otra que conseguí de la traductora de Namangan?' —dijo Smith—. Es cortita. Escuche —sus dedos alargados recorrieron apresuradamente la lista que tenia ante él—: Cacería Alba, película famosa del año.

—Casablanca —dijo Joe sin expresión.

—¡Sí! Dio en el blanco, Fernwright, ¡justo en el centro, con bandera y todo! ¿Quiere otra? ¡No corte! ¡Tengo una realmente buena aquí!

—Désela a Hirshmeyer en Berlín —dijo Joe y colgó.

Me estoy muriendo, se dijo.

viernes, noviembre 12, 2010

En How to Build a Universe That Doesn't Fall Apart Two Days Later by Philip K. Dick, 1978

Sometimes when I watch my eleven-year-old daughter watch TV, I wonder what she is being taught. The problem of miscuing; consider that. A TV program produced for adults is viewed by a small child. Half of what is said and done in the TV drama is probably misunderstood by the child. Maybe it's all misunderstood. And the thing is, Just how authentic is the information anyhow, even if the child correctly understood it? What is the relationship between the average TV situation comedy to reality? What about the cop shows? Cars are continually swerving out of control, crashing, and catching fire. The police are always good and they always win. Do not ignore that point: The police always win. What a lesson that is. You should not fight authority, and even if you do, you will lose. The message here is, Be passive. And—cooperate. If Officer Baretta asks you for information, give it to him, because Officer Beratta is a good man and to be trusted. He loves you, and you should love him.

Versión completa acá, traducción de este fragmento en los comments

viernes, septiembre 10, 2010

En "Canciones de la lejana tierra" de Arthur C. Clarke

Es la última vez que hablaré contigo, Evelyn, antes de empezar mi largo sueño. Todavía estoy en Thalassa, pero la nave sale para la Magallanes dentro de unos minutos; ya no puedo hacer nada hasta que aterricemos dentro de trescientos años...

Siento una gran tristeza: acabo de despedirme de mi mejor amiga aquí, Mirissa Leonidas. ¡Cómo te hubiera gustado conocerla! Ella es probablemente la persona más inteligente que he conocido en Thalassa. Los dos hemos tenido largas conversaciones, aunque temo que algunas se convirtieron más bien en esos monólogos por los que tú tantas veces me criticabas...

A veces me preguntaba acerca de Dios; pero quizá no supe contestar a su pregunta más inteligente. Poco después de la muerte de su querido hermano, me preguntó:

“¿Para qué sirve el dolor? ¿Cumple acaso alguna función biológica?”

Es curioso que nunca hubiera pensado seriamente en esto. Si recordáramos a los muertos sin emoción (en el caso de que los recordáramos alguna vez) nos convertiríamos en una especie inteligente que funcionaria a la perfección. Se trataría de una sociedad completamente inhumana, pero tan próspera como lo fueron en la Tierra las de las termitas o de las hormigas.

¿Podría el dolor ser una accidental, e incluso patológica consecuencia del amor, que tiene una función biológica esencial? Éste es un pensamiento extraño y preocupante. Y sin embargo, son nuestras emociones lo que nos convierten en seres humanos. ¿Quién estaría dispuesto a abandonarlas, aun sabiendo que cada nuevo amor es prisionero de esos terrores gemelos llamados Tiempo y Destino?

A menudo ella me hablaba de ti, Evelyn. Le desconcertaba que un hombre pudiera amar a una sola mujer durante toda su vida, incluso cuando ya había desaparecido. Una vez bromeé diciéndole que la fidelidad era algo tan ajeno a los thalassanos como los mismos celos; me replicó que habían salido ganando al no conocer ninguno de esos sentimientos.

Me están llamando; la nave me espera. Debo despedirme de Thalassa para siempre. Tu imagen también empieza a desvanecerse. Aunque soy un experto dando consejos a los demás, quizá me he aferrado demasiado a mi propio dolor, y eso no sirve a tu memoria.

Thalassa me ha ayudado a curarme. Ahora me alegro de haberte conocido, en lugar de estar triste por haberte perdido.

Una extraña calma me embarga. Por primera vez creo entender de veras los conceptos de la separación y el Nirvana de mis viejos amigos budistas.

Y si no despierto en Sagan Dos, qué más da. He cumplido mi misión aquí, y estoy contento por ello.

jueves, agosto 05, 2010

Neuromante

Perhaps the coolest question for fans of Gibson’s labyrinthine intertextuality came when a questioner went after the book-nerd money shot, asking, “If you had a chance to meet the author of your favorite book, who would it be and what would you ask them?”

“Jorge Luis Borges,” Gibson answered. The question? “How is this possible?”

(robado de acá)

sábado, octubre 31, 2009

en El llamado de la selva de Jack London

Los congregados observaban con curiosidad. El asunto tomaba un aire de misterio. Parecía un conjuro. Cuando Thornton se puso de pie, Buck le cogió la mano enguantada con la boca, se la apretó con los dientes y se la soltó lentamente, como sin ganas. Fue su respuesta, no a las palabras, sino al afecto del amo. Thornton dio unos pasos atrás

-¡Ahora, Buck! -dijo.

Buck tensó las riendas y a continuación las soltó unos centímetros. Era así como había aprendido a hacerlo.

-¡Derecha! -resonó cortante la voz de Thornton en medio del silencio.

Buck se inclinó a la derecha, hizo un rápido y violento movimiento hacia adelante que tensó de nuevo las riendas, y súbitamente detuvo el impulso de sus setenta kilos. La carga se estremeció y, de debajo de los patines, surgió un seco crujido.

-¡A la izquierda! -ordenó Thornton.

Buck repitió la maniobra, esta vez hacia la izquierda. El crujido se convirtió en chasquido, el trineo osciló y los patines se movieron deslizándose unos centímetros hacia un lado. El trineo se había despegado. Los hombres contenían el aliento, inconscientemente.

-Y ahora, ¡arre!

La orden de Thornton sonó como un disparo. Buck se echó hacia adelante tensando las riendas con su poderoso impulso. Todo su cuerpo se con trajo en un tremendo esfuerzo, con los protuberantes nudos de los músculos visibles bajo la piel sedosa. Con todo el pecho rozando el suelo, la cabeza baja y hacia adelante, movía frenéticamente las patas, cuyas pezuñas iban dejando trazos paralelos sobre la nieve apelmazada. El trineo se balanceó, tembló y se deslizó ligeramente. Una pata de Buck resbaló y alguien soltó un gemido. Seguidamente el trineo avanzó como en una rápida sucesión de espasmos, aunque en realidad en ningún momento volvió a parar del todo... diez milímetros... veinte... cuarenta... Los tirones disminuyeron a ojos vista convirtiéndose, a medida que el trineo ganaba velocidad, en un movimiento uniforme.

Los espectadores recobraron el aliento y volvieron a respirar con normalidad sin percatarse de que por un momento habían dejado de hacerlo. Thornton iba corriendo detrás, animando a Buck con palabras de aliento. Se había medido la distancia y, según se aproximaban a la pila de leña que marcaba el fin del recorrido de cien metros, empezó a surgir un creciente murmullo que explotó en un rugido cuando Buck alcanzó la meta y se detuvo a la voz de alto. Todo el mundo, incluido Matthewson, estaba entusiasmado. Volaban por el aire guantes y sombreros. Los presentes se daban la mano, sin importarles con quién, y hablaban a gritos como en una incoherente babel.

Thornton, por su parte, se dejó caer de rodillas junto a Buck. Con las cabezas juntas, el amo mecía la del perro a un lado y a otro. Quienes se acerca ron a ellos le oyeron decir reiteradamente palabrotas a Buck, en un tono que era a la vez ferviente, dulce y amoroso.

-¡Aquí, señor! ¡Escuche! -farfulló el magnate minero de antes-. Le doy mil por él, señor, mil dólares, señor... mil doscientos, señor.

Thornton se puso de pie. Tenía los ojos mojados. Por sus mejillas corrían sin disimulo las lágrimas.

-Señor -le dijo al magnate-, no, señor. Puede irse al demonio, señor. Es lo menos que puedo decirle, señor.

Buck cogió entre los dientes una mano de Thornton que no dejaba de mecerlo. Como animados por un mismo impulso, los espectadores retrocedieron hasta una respetuosa distancia; ninguno quería ser tan indiscreto como para interrumpirlos.

domingo, agosto 09, 2009

Fragmentos de 1984, de George Orwell

Los presentes fragmentos (y el libro todo) vienen al caso en la presente distopia, cuando no solo existe un ministerio de la verdad, sino que además ¡es privado!

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Abajo, en la calle, el viento seguía agitando el cartel donde la palabra Ingsoc aparecía y desaparecía. Ingsoc. Los principios sagrados de Ingsoc. Neolengua, doblepensar, mutabilidad del pasado. A Winston le parecía estar recorriendo las selvas submarinas, perdido en un mundo monstruoso cuyo monstruo era él mismo. Estaba solo. El pasado había muerto, el futuro era inimaginable. ¿Qué certidumbre podía tener él de que ni un solo ser humano estaba de su parte? Y ¿cómo iba a saber si el dominio del Partido no duraría siempre? Como respuesta, los tres slogans sobre la blanca fachada del Ministerio de la Verdad, le recordaron que:

LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA


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El Partido dijo que Oceanía nunca había sido aliada de Eurasia. Él, Winston Smith, sabía que Oceanía había estado aliada con Eurasia cuatro años antes. Pero, ¿dónde constaba ese conocimiento? Sólo en su propia conciencia, la cual, en todo caso, iba a ser aniquilada muy pronto. Y si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se convertía en verdad. «El que controla el pasado -decía el slogan del Partido-, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado.» Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma naturaleza, nunca había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muy sencillo. Lo único que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada persona debía lograr sobre su propia memoria. A esto le llamaban «control de la realidad». Pero en neolengua había una palabra especial para ello: doblepensar.

-¡Descansen! -ladró la instructora, cuya voz parecía ahora menos malhumorada.

Winston dejó caer los brazos de sus costados y volvió a llenar de aire sus pulmones. Su mente se deslizó por el laberíntico mundo del doblepensar. Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica, repudiar la moralidad mientras se recurre a ella, creer que la democracia es imposible y que el Partido es el guardián de la democracia; olvidar cuanto fuera necesario olvidar y, no obstante, recurrir a ello, volverlo a traer a la memoria en cuanto se necesitara y luego olvidarlo de nuevo, y, sobre todo, aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo. Esta era la más refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de autosugestión. Incluso comprender la palabra doblepensar implicaba el uso del doblepensar.

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La mutabilidad del pasado es el eje del Ingsoc. Los acontecimientos pretéritos no tienen existencia objetiva, sostiene el Partido, sino que sobreviven sólo en los documentos y en las memorias de los hombres. El pasado es únicamente lo que digan los testimonios escritos y la memoria humana. Pero como quiera que el Partido controla por completo todos los documentos y también la mente de todos sus miembros, resulta que el pasado será lo que el Partido quiera que sea. También resulta que aunque el pasado puede ser cambiarlo, nunca lo ha sido en ningún caso concreto. En efecto, cada vez que ha habido que darle nueva forma por las exigencias del momento, esta nueva versión es ya el pasado y no ha existido ningún pasado diferente. Esto sigue siendo así incluso cuando -como ocurre a menudo- el mismo acontecimiento tenga que ser alterado, hasta hacerse irreconocible, varias veces en el transcurso de un año. En cualquier momento se halla el Partido en posesión de la verdad absoluta y, naturalmente, lo absoluto no puede haber sido diferente de lo que es ahora. Se verá, pues, que el control del pasado depende por completo del entrenamiento de la memoria. La seguridad de que todos los escritos están de acuerdo con el punto de vista ortodoxo que exigen las circunstancias, no es más que una labor mecánica. Pero también es preciso recordar que los acontecimientos ocurrieron de la manera deseada. Y si es necesario adaptar de nuevo nuestros recuerdos o falsificar los documentos, también es necesario olvidar que se ha hecho esto. Este truco puede aprenderse como cualquier otra técnica mental. La mayoría de los miembros del Partido lo aprenden y desde luego lo consiguen muy bien todos aquellos que son inteligentes además de ortodoxos. En el antiguo idioma se conoce esta operación con toda franqueza como «control de la realidad». En neolengua se le llama doplepensar, aunque también es verdad que doblepensar comprende muchas cosas.



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Quien dude de cuanto de doblepensar y de mutabilidad del pasado tenemos en nuestra realidad, que reemplace Partido por Monopolio en los fragmentos anteriores. Quien aún tenga dudas, que lea esta actualización.

lunes, junio 08, 2009

Prologo a El Hombre Ilustrado, de Ray Bradbury

En una tarde calurosa de principios de setiembre me encontré por primera vez con el hombre ilustrado. Yo caminaba por una carretera asfaltada, recorriendo la última etapa de una excursión de quince días por el Estado de Wisconsin. Al atardecer me detuve, comí un poco de carne de cerdo, unas habas y un bizcocho. Me preparaba a descansar y leer cuando el hombre ilustrado apareció sobre la colina. Su figura se recortó brevemente contra el cielo.

Yo no sabía entonces que era ilustrado; sólo vi que era alto, que alguna vez había sido esbelto, y que ahora, por alguna razón, comenzaba a engordar. Recuerdo que tenía los brazos largos y las manos anchas, y un rostro infantil en lo alto de un cuerpo macizo.

Me hablo antes de verme, como si hubiese adivinado mi presencia.

-Señor, ¿sabe usted dónde podría encontrar trabajo?

-Temo que no -le respondí.

-Cuarenta años y nunca he tenido un trabajo duradero -me dijo.
Aunque hacía mucho calor, el hombre ilustrado llevaba una camisa de lana, cerrada hasta el cuello. Los puños de las mangas le ocultaban las anchas muñecas. La transpiración le corría por la cara. Y sin embargo no se abría la camisa.

-Bien -me dijo al fin-, este lugar es tan bueno como cualquiera para pasar la noche. ¿No lo molesto?

-Si usted quiere, me sobra un poco de comida -le invité.

Se sentó pesadamente y lanzó un gruñido.

-Se arrepentir de haberme invitado -me dijo-. Todos se arrepienten. Por eso no paro en ningún sitio.

Aquí estamos, a principios de setiembre, en lo mejor de la temporada de las ferias. Tendría que estar ganando montones de dinero en el parque de diversiones de cualquier pueblo, y aquí me tiene, sin ninguna perspectiva.

El hombre ilustrado se sacó un enorme zapato y lo examinó con atención.

-Comúnmente conservo mi empleo diez días. Luego algo ocurre, y me despiden. Hoy ningún hombre, de ninguna feria del país se atrevería a tocarme, ni con una pértiga de tres metros.

-¿Qué le pasa? -le pregunté.

El hombre me respondió desabotonándose lentamente el cuello apretado. Cerró los ojos, y con movimientos muy lentos se abrió la camisa. Luego, con la punta de los dedos, se tocó la piel.

-Es curioso -dijo con los ojos todavía cerrados-. No se las siente, pero están ahí. No dejo de pensar que algún día miraré y ya no estarán. Camino al sol durante horas, en los días más calurosos, cocinándome y esperando que el sudor las borre, que el sol las queme; pero llega la noche, y están todavía ahí.

El hombre ilustrado volvió hacia mí la cabeza, mostrándome el pecho.

-¿Están todavía ahí? -me preguntó.

Durante unos instantes no respiré.

-Si -dije-, están todavía ahí.

Las ilustraciones.

-Me cierro la camisa a causa de los niños -dijo el hombre abriendo los ojos-. Me siguen por el campo. Todo el mundo quiere ver las imágenes, y sin embargo nadie quiere verlas.

El hombre se sacó la camisa y la apretó entre las manos. Tenía el pecho cubierto de ilustraciones, desde el anillo azul, tatuado alrededor del cuello, hasta la línea de la cintura.

-Y así en todas partes -me dijo adivinándome el pensamiento-. Estoy totalmente tatuado. Mire.

Abrió la mano. En la mano se veía una rosa recién cortada, con unas gotas de agua cristalina entre los suaves pétalos rojizos. Extendí la mano para tocarla, pero era sólo una ilustración.

En cuanto al resto, no sé cómo pude quedarme quieto y mirar. El hombre ilustrado era una acumulación de cohetes, y fuentes, y personas, dibujados y coloreados con tanta minuciosidad que uno creía oír las voces y los murmullos apagados de las multitudes que habitaban su cuerpo. Cuando la carne se estremecía, las manitas rosadas gesticulaban, los labios menudos se movían, en los ojitos verdes y dorados se cerraban los párpados. Había prados amarillos y ríos azules, y montañas y estrellas y soles y planetas, extendidos por el pecho del hombre ilustrado como una vía láctea. Las gentes se dividían en veinte o más grupos, instalados en los brazos, los hombros, las espaldas, los costados, las muñecas y la parte alta del vientre. Se los veía en bosques de vello,
escondidos en una constelación de pecas, o hundidos en las cavernas de las axilas, con
ojos resplandecientes como diamantes. Cada grupo parecía dedicado a su propia
actividad; cada grupo era toda una galería de retratos.

-¡Oh! ¡Son hermosas! -exclamé.

¿Cómo podría describir las ilustraciones? Si en lo mejor de su carrera el Greco hubiese pintado miniaturas, no mayores que tu mano, infinitamente detalladas, con sus colores sulfurosos y sus deformaciones, quizá hubiera utilizado para su arte el cuerpo de este hombre. Los colores ardían en tres dimensiones. Eran como ventanas abiertas a mundos luminosos. Aquí, reunidas en un muro, estaban las más hermosas escenas del universo. El hombre ilustrado era un museo ambulante. No era ésta la obra de esos ordinarios tatuadores de feria que trabajan con tres colores y un aliento que huele a alcohol. Era el trabajo de un genio; una obra vibrante, clara y hermosa.

-Ah, si -dijo el hombre ilustrado-, mis ilustraciones. Me siento tan orgulloso de ellas que me gustaría destruirlas. He probado con papel de lija, con ácidos, con un cuchillo...

El sol se ponía. La luna se levantaba ya por el este.

-Pues estas ilustraciones -afirmó el hombre-, predicen el futuro.

No dije nada.

-Todo está bien a la luz del sol -continuó-. Puedo emplearme entonces en una feria. Pero de noche... Las pinturas se mueven. Las imágenes cambian.

Creo que sonreí.

-¿Desde cuándo está usted ilustrado?

-Desde el año 1900. Yo tenía entonces veinte años y trabajaba en un parque de diversiones. Me rompí una pierna. No podía moverme. Tenía que hacer algo para no perder el empleo, y entonces decidí tatuarme.

-Pero ¿quién lo tatuó? ¿Qué pasó con el artista?

-La mujer volvió al futuro -dijo el hombre-. Así es. Vivía en una casita en el interior de Wisconsin, no muy lejos de aquí. Una vieja bruja que en un momento parecía tener cien años y poco después no más de veinte. Me dijo que ella podía viajar por el tiempo. Yo me reí. Pero ahora sé que decía la verdad.

-¿Cómo la conoció?

El hombre ilustrado me lo dijo. Había visto el letrero al lado del camino. ¡ILUSTRACIONES EN LA PIEL! ¡Ilustraciones, y no tatuajes! ¡Ilustraciones artísticas! Y allí había estado, toda la noche, mientras las mágicas agujas lo mordían y picaban como avispas y abejas delicadas. A la mañana parecía un hombre que hubiese caído bajo una prensa multicolor: tenía el cuerpo brillante y cubierto de figuras.

-He buscado a esa bruja todos los veranos, durante casi medio siglo -dijo el hombre extendiendo los brazos-. Cuando la encuentre, la mataré.

El sol se había ido. Brillaban ya las primeras estrellas y la luna iluminaba los pastos y las espigas. Las imágenes del hombre ilustrado resplandecían en la sombra como carbones encendidos, como esmeraldas y rubíes con los colores de Rouault y de Picasso, y los cuerpos enjutos y alargados del Greco.

-Cuando las imágenes empiezan a moverse, me despiden. Ocurren cosas terribles en mis ilustraciones. Cada una es un cuento. Si usted las mira atentamente unos pocos minutos, le contarán una historia. Si las mira tres horas, las narraciones serán treinta o cuarenta, y usted oirá voces, y pensamientos. Todo está aquí, en mi piel; no hay más que mirar. Pero sobre todo, hay cierto lugar de mi espalda... -El hombre ilustrado se volvió-. ¿Ve? Sobre mi omóplato derecho no hay ningún dibujo. Sólo una mancha de color.

-Si.

-Cuando he estado con alguien un rato, ese omóplato se cubre de sombras, y se convierte en un dibujo. Si estoy con una mujer, al cabo de una hora su rostro aparece ahí, en mi espalda, y ella ve toda su vida... cómo vivirá y cómo morirá, qué parecerá cuando tenga sesenta anos. Y si me encuentro con un hombre, una hora después su retrato aparece también en mi espalda. Y el hombre se ve a si mismo cayendo en un precipicio, o aplastado por un tren... Entonces me despiden.

El hombre hablaba y al mismo tiempo movía las manos sobre las ilustraciones, como para ajustar los marcos y sacarles el polvo, con los ademanes de un conocedor, de un aficionado al arte. Al fin se tendió de espaldas, a la luz de la luna. Era una noche calurosa, serena y sofocante. Nos habíamos sacado la camisa.

-¿Y nunca encontró a la vieja?

-Nunca.

-¿Y cree usted que venía del futuro?

-¿Cómo, si no, podría conocer estas historias que me pintó sobre la piel?

El hombre, fatigado, cerro los ojos.

-A veces, de noche -dijo débilmente-, siento las figuras. como hormigas sobre la piel. Sé lo que pasa entonces y lo que tiene que pasar. Yo nunca las miro. Trato de olvidarme. No debemos mirarlas. No las mire usted tampoco, se lo advierto. Vuélvame la espalda cuando se vaya a dormir.

Yo estaba acostado no muy lejos. El hombre no tenía, aparentemente, un carácter violento, y las ilustraciones eran tan hermosas... Yo me hubiese ido lejos de toda esa charla. Pero las ilustraciones... Dejé que los ojos se me llenaran de imágenes. Con esos cuadros sobre el cuerpo, cualquiera podía perder la cabeza. La noche era serena. Yo podía oír la respiración del hombre ilustrado, bañado por la luna. Los grillos cantaban dulcemente en las hondonadas lejanas. Me puse de costado para ver mejor las ilustraciones. Pasó, quizá, una media hora. Yo no sabía si el hombre ilustrado se había dormido, pero de pronto lo oí respirar:

-Se mueven, ¿no es cierto?

Esperé un minuto. Y luego dije:

-Sí.

Las imágenes se movían, Una por vez, uno o dos minutos. Allí, a la luz de la luna, con el menudo tintineo de los pensamientos y las voces distantes como voces del mar, se desarrollaron los dramas. No sé si esos dramas duraron una hora o dos. Sólo sé que me quedé allí, inmóvil, fascinado, mientras las estrellas giraban en el cielo.

Dieciocho ilustraciones, dieciocho cuentos. los conté uno a uno.

Primero, mis ojos se posaron en una escena, una casa grande con dos personas. Vi unos buitres que volaban en un cielo rosado y ardiente. Vi leones amarillos, y oí voces.

La primera ilustración tembló y se animó.